La igualdad era apenas el comienzo
Cada junio regresan las conversaciones sobre orgullo, diversidad y derechos. Las fechas conmemorativas tienen algo de ritual: nos invitan a recordar las luchas que hicieron posible el presente y a reconocer que muchas de ellas siguen siendo necesarias. En Colombia, la historia reciente de las personas LGBTIQ+ está marcada por conquistas que cambiaron la vida de millones de ciudadanos y ampliaron el horizonte de libertades para toda la sociedad.
Sin embargo, una revista cultural tiene la posibilidad de aproximarse a estas discusiones desde una pregunta distinta. Más allá de los avances jurídicos y de las disputas políticas que todavía atraviesan el debate público, resulta pertinente preguntarse por las transformaciones culturales que hicieron posible esos cambios y por las formas en que la diversidad ha sido representada, imaginada y discutida en la vida cultural colombiana.
Con frecuencia contamos esta historia a partir de las decisiones de los tribunales, de las reformas legales o de los hitos del activismo. Son capítulos fundamentales y merecen ser recordados. Pero la experiencia de la diversidad en nuestro país no comenzó en los estrados judiciales ni en los documentos oficiales. Mucho antes de convertirse en un asunto de política pública, ya ocupaba un lugar en la literatura, en la televisión, en la música popular y en las conversaciones cotidianas que acompañan la vida de cualquier sociedad.
Quienes crecimos en Colombia durante las últimas décadas probablemente tuvimos nuestro primer contacto con estas realidades antes de conocer expresiones como diversidad sexual, enfoque diferencial o identidad de género. Para muchos, ese encuentro ocurrió a través de un personaje de televisión, de una canción escuchada en la radio o de un libro que ofrecía una mirada distinta sobre el deseo, la diferencia o la libertad. La cultura, como suele ocurrir, llegó antes que las instituciones.
Por esa razón, cuando pensamos en los referentes culturales LGBTIQ+ del país, conviene ampliar la mirada más allá de las figuras que hoy reconocemos como parte de una tradición intelectual o artística. Escritores como Fernando Molano Vargas, cuya obra continúa encontrando lectores muchos años después de su muerte, autores como Alonso Sánchez Baute o creadoras contemporáneas como Amalia Andrade forman parte de una historia indispensable. Lo mismo puede decirse de artistas como Esteman, que han contribuido a ampliar los márgenes de representación en la música popular colombiana.
Sin embargo, la construcción de imaginarios culturales rara vez depende únicamente de las grandes obras o de las figuras más visibles. También ocurre en los espacios donde una sociedad se observa a sí misma de manera más cotidiana. En Colombia, buena parte de esa conversación tuvo lugar en la televisión abierta, durante años el principal escenario de encuentro cultural para millones de personas.
Resulta difícil pensar en esa historia sin recordar a Hugo Lombardi. Mucho antes de que la representación se convirtiera en una preocupación explícita de la industria audiovisual, el personaje interpretado por Julián Arango ocupó un espacio central en una de las producciones más exitosas de la televisión colombiana. Hugo era vanidoso, brillante, despiadado, divertido y contradictorio. No estaba concebido para representar a una comunidad ni para ofrecer una lección pedagógica sobre la diversidad. Precisamente por eso terminó siendo tan relevante. Su existencia recordaba algo elemental: las personas homosexuales podían ser personajes complejos, con virtudes y defectos, en lugar de simples símbolos o caricaturas.
Algo similar podría decirse de la Tía Laisa en Los Reyes. Vista desde el presente, la representación puede suscitar preguntas y críticas legítimas. Pero también permite comprender los límites y posibilidades de una época concreta. La cultura no avanza mediante rupturas perfectas; suele hacerlo a través de aproximaciones parciales, contradicciones y negociaciones que, vistas con distancia, ayudan a explicar cómo cambian las sociedades.
La música ofrece un ejemplo igualmente revelador. Una canción como Se le moja la canoa, más allá de las discusiones que pueda suscitar hoy, constituye un documento cultural de enorme interés para entender las formas en que la masculinidad y la homosexualidad eran percibidas dentro del imaginario popular colombiano. Su éxito demuestra que estos temas ya formaban parte de la conversación colectiva, incluso cuando eran abordados desde el humor, el doble sentido o el prejuicio. La canción no habla de una realidad desconocida para sus oyentes; por el contrario, se apoya en referencias que el público entendía a la perfección porque formaban parte de la experiencia social compartida.
Mirar en retrospectiva estas expresiones no implica celebrarlas de manera acrítica ni condenarlas desde los valores del presente. Implica reconocer que la cultura conserva las huellas de las transformaciones sociales y que, en muchos casos, permite observar procesos que la política tardará años en reconocer formalmente. Las sociedades suelen imaginar primero aquello que más tarde terminan aceptando.
Tal vez por eso resulte tan importante dedicar un mes a pensar la diversidad desde la cultura. No porque los derechos hayan dejado de importar, sino porque las conquistas jurídicas nunca fueron un fin en sí mismas. Su verdadero significado radica en las posibilidades que abrieron para la creación, la participación y la construcción de nuevas historias.
La igualdad era apenas el comienzo. Lo que vino después —y lo que sigue ocurriendo hoy— pertenece al terreno de la cultura: el espacio donde una sociedad decide qué voces escucha, qué memorias conserva y qué relatos incorpora a la historia que cuenta sobre sí misma.
