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¿Hay cultura en el fútbol? Si la cultura es la manera en que una sociedad se reconoce, se recuerda y se cuenta a sí misma, la pregunta parece extraña. Aparece como si la cultura estuviera reservada para los museos, los libros, las salas de cine o los teatros, y no pudiera habitar también una tribuna repleta, una camiseta heredada, un cántico repetido durante décadas o ese abrazo irracional a un desconocido después de un gol.

Sin embargo, pocas expresiones populares permiten observar con tanta claridad la manera en que una sociedad se cuenta a sí misma. El fútbol no es solo un deporte ni un espectáculo de al menos noventa minutos. Es memoria, lenguaje, diseño, economía, rito, conflicto, identidad y conversación pública. En 1995, Eduardo Galeano lo definió como la “fiesta de los ojos que lo miran y la alegría del cuerpo que lo juega”. Juan Villoro, por su parte, ha insistido en que ser hincha es una forma laica de religiosidad: una manera de creer, esperar y sufrir en comunidad. 

Y sí. 

En Colombia, esa dimensión aparece incluso antes de que ruede la pelota. Está en las camisetas, que funcionan como pequeños archivos visuales de cada época. La amarilla de la Selección nos remite a Italia 90, al Pibe Valderrama, a Higuita, a Rincón y a un país que encontró en el fútbol una forma de reconocimiento internacional en medio de las noticias de un conflicto interno que parecía interminable. No es casual que Adidas haya vuelto una y otra vez sobre esa estética para lanzar ediciones conmemorativas inspiradas en aquella generación.

También están los colores que heredamos mucho antes de entender qué era un fuera de lugar: el hermoso azul de Millos, el verde de Nacional, el rojo de América, el tiburón del Junior o el tradicional cardenal de Santa Fe. Son colores que se aprenden en la mesa de la casa, en las historias de los abuelos, en las fotos viejas y en las tardes de estadio. Una camiseta termina convirtiéndose en un álbum familiar: conserva victorias, derrotas, abrazos y ausencias. Por eso, en el fútbol, vestir unos colores nunca ha sido solo una cuestión estética; es una forma de recordar de dónde venimos y quiénes somos.

Esa dimensión también aparece en las barras, aunque la conversación sea más incómoda. Durante décadas, buena parte del debate público las redujo a la violencia y al desorden. Sin embargo, la investigación sobre culturas de la hinchada muestra algo más complejo. El sociólogo Richard Giulianotti, una de las principales referencias en los estudios sobre fútbol, sostiene que las comunidades de aficionados no solo consumen un espectáculo deportivo: crean formas propias de sociabilidad, rituales, símbolos y maneras de habitar el espacio urbano. Las barras construyen memorias compartidas, códigos estéticos, repertorios musicales y expresiones de identidad que trascienden el estadio y hacen parte de la cultura popular. Basta escuchar un cántico para entenderlo. Puede ser hermoso, ingenioso, violento o todo al mismo tiempo. Como ocurre con tantas manifestaciones culturales, no se trata de celebrarlo sin reservas, sino de entender lo que revela sobre una sociedad que encuentra en la tribuna una forma de hablar cuando otros espacios le han sido negados.

Los estadios también forman parte de esa historia, no son simples estructuras de concreto destinadas a albergar espectadores. Son escenarios donde una ciudad organiza su manera de reunirse. El Campín, inaugurado en 1938 y ligado a la historia moderna de Bogotá, es mucho más que la casa de Millonarios y Santa Fe: es un lugar de memoria colectiva. Allí existe una verdadera arquitectura del afecto: las tribunas populares, los camerinos, la lechona y los palitos de queso, la previa en el Palacio del Colesterol, las requisas inentendibles que un día te quitan el cinturón y al siguiente no, las batallas de trapos y esa geografía emocional que solo entiende quien sabe desde qué esquina se canta más duro o desde cuál se ve mejor el partido. 

La literatura entendió hace mucho que ahí había algo más que deporte. Galeano, Villoro, Caparrós, Nick Hornby, Jorge Valdano, Juan Esteban Constaín, Ricardo Silva Romero o Simon Kuper han escrito sobre fútbol no porque necesitara volverse culto para ser importante, sino porque siempre fue un fenómeno profundamente cultural. Babelia lo resumía hace poco al describirlo como un territorio donde convergen la literatura, el arte, el cine y la música. Al final, hablar de fútbol es hablar de casi todo.

El cine y la televisión también han encontrado allí un espejo. Quizá el fútbol sea difícil de filmar porque su emoción suele derrotar a la ficción, pero todo lo que ocurre alrededor está lleno de historias. Por eso Ted Lasso funcionó mucho más allá del chiste de un entrenador estadounidense perdido en el fútbol inglés. Su éxito estuvo en demostrar que este deporte también puede hablar de confianza, vulnerabilidad y bondad en tiempos de cinismo.

Y, por supuesto, mueve economías enteras. No solo por los contratos millonarios,  sino por todo lo que pone en marcha: bares, domicilios, camisetas, transporte, turismo, medios, apuestas, publicidad, comercio informal y conversación digital. Para el Mundial de 2026, un estudio citado por la FIFA estimó un impacto superior a los 40.000 millones de dólares en el PIB global y cientos de miles de empleos asociados. 

Pero quizá su mayor valor no esté en la economía, sino en la felicidad. Al menos en la mía. Una felicidad imperfecta, exagerada, a veces absurda, pero completamente real. Simon Kuper dijo que el fútbol produce comunidad con una eficacia que la política rara vez alcanza. Tal vez ahí resida una de sus mayores fortalezas: durante noventa minutos, personas que no coinciden en casi nada comparten la misma ansiedad, la misma rabia y la misma esperanza. Por eso la pregunta no debería ser si hay cultura en el fútbol. La pregunta, más bien, es por qué nos cuesta tanto reconocerla cuando aparece vestida de camiseta, cantando en una tribuna o llorando frente a un penal. El fútbol no está por fuera de la cultura. Es una de sus formas más populares, contradictorias y poderosas: el lugar donde una sociedad juega, compra, canta, diseña, recuerda, pelea, imagina y, de vez en cuando, es feliz al mismo tiempo.

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