La próxima revolución cultural será presencial
Durante años hemos contado la historia de la Generación Z como una historia de pérdida. Leen menos, se concentran menos, pasan demasiado tiempo frente a una pantalla y, según una narrativa que se repite con frecuencia, cada vez les cuesta más relacionarse con el mundo que existe fuera de internet. Ahora, con la inteligencia artificial, incluso algunas de las tareas que antes exigían leer, escribir o pensar pueden resolverse en segundos. Es una explicación cómoda porque tiene un culpable evidente: la tecnología. Pero quizá estamos mirando el fenómeno desde el lugar equivocado.
¿Qué pasa si los jóvenes no están perdiendo el interés por la cultura, sino buscando nuevas formas de experimentarla? ¿Qué pasa si el regreso de los clubes de lectura, las cafeterías como lugares de encuentro, las cámaras digitales, la música de décadas anteriores y los espacios culturales comunitarios no son fenómenos aislados, sino expresiones de una misma necesidad? La hipótesis de esta editorial es que, cuanto más digital se vuelve la vida cotidiana, más valor adquieren aquellas experiencias culturales que necesitan presencia, tiempo compartido y contacto con otras personas.
Esto no significa que la Generación Z quiera abandonar internet. Sería absurdo afirmarlo. Es una generación que ha construido buena parte de su vida cultural dentro de plataformas digitales y que utiliza esas mismas plataformas para descubrir canciones, libros, películas, lugares y personas. Lo que parece estar cambiando es la relación entre lo digital y lo presencial. Internet ya no es necesariamente el destino de la experiencia cultural; muchas veces es el lugar desde donde empieza.
Un informe reciente de Mastercard sobre las nuevas generaciones ayuda a entender este desplazamiento. Los jóvenes tienen hoy una enorme capacidad para influir en la cultura, pero esa influencia no pasa exclusivamente por las instituciones tradicionales. Se construye también a través de creadores, comunidades y redes entre pares. La cultura se vuelve menos vertical y más participativa: ya no se trata solamente de recibir recomendaciones de instituciones, críticos o medios, sino de construir comunidades alrededor de intereses compartidos.
Los libros ofrecen uno de los ejemplos más interesantes. Durante años hemos asociado la lectura con una escena muy específica: una persona sola, en silencio, leyendo un libro de principio a fin. Cuando los jóvenes dejan de hacerlo de esa manera, hablamos inmediatamente de una crisis de lectura. Y existen problemas reales de comprensión lectora que no deberíamos minimizar. Pero esa explicación no alcanza para entender por qué, al mismo tiempo, aparecen clubes de lectura de la Generación Z, lecturas públicas, encuentros literarios y comunidades que se reúnen incluso para leer en silencio.
El libro está recuperando una dimensión social que durante mucho tiempo dejamos en segundo plano. Antes de que la lectura silenciosa e individual se convirtiera en el modelo dominante, leer en voz alta, escuchar textos y discutirlos colectivamente formaba parte de la vida cultural. Hoy, cuando cualquier persona puede encontrar un resumen o una explicación de casi cualquier obra en internet, el valor de reunirse alrededor de un libro puede estar precisamente en aquello que ninguna plataforma puede automatizar: la conversación que ocurre después.
Algo similar sucede con los llamados terceros lugares: espacios que no son la casa ni el trabajo o la universidad, como una cafetería, una biblioteca, una librería, un parque o un centro cultural. Su importancia para los jóvenes no está únicamente en la estética que los vuelve atractivos en redes sociales, sino en que permiten estar con otras personas sin que necesariamente exista una obligación de producir, competir o demostrar algo.
Después de años en los que la cultura del rendimiento convirtió prácticamente cualquier actividad en una oportunidad para ser más productivos, estos espacios ofrecen una experiencia distinta. En una cafetería no hay que terminar un proyecto; en una biblioteca no hay que construir una marca personal; en una librería no hace falta convertir cada conversación en networking. Se puede simplemente estar allí, compartir un espacio con desconocidos y regresar la semana siguiente hasta reconocer algunas caras.
Después de la pandemia, esa posibilidad adquirió un significado todavía mayor. Durante los confinamientos aprendimos que podíamos trabajar, estudiar, comprar, celebrar cumpleaños y mantener relaciones a través de una pantalla. La tecnología permitió que siguiéramos conectados cuando no podíamos encontrarnos físicamente, pero también hizo evidente que estar conectados no es exactamente lo mismo que estar juntos. Los terceros lugares pueden estar funcionando, en ese sentido, como espacios de reconstrucción de una sociabilidad que había perdido práctica.
La nostalgia cultural de la Generación Z puede leerse desde la misma perspectiva. Según Luminate, durante 2025 el 25 % de los consumidores de música entre 13 y 24 años manifestó preferir canciones de los años noventa o anteriores, frente al 18 % registrado en 2021. La música de los noventa y los dos mil también estuvo entre la que más creció en reproducciones, mientras las cámaras digitales de principios de siglo y la fotografía analógica volvieron a despertar interés entre jóvenes que, en muchos casos, ni siquiera habían vivido conscientemente aquella época.
Llamarlo nostalgia resulta tentador, pero insuficiente. ¿Cómo sentir nostalgia por una época que no se recuerda? Tal vez estos jóvenes no estén intentando recuperar su propio pasado, sino una idea del pasado: una época en la que las experiencias culturales parecían tener más límites, rituales y posibilidades de descubrimiento.
Una cámara digital no puede competir con un teléfono actual en calidad técnica. Precisamente por eso resulta interesante. Introduce imperfecciones, obliga a tomar decisiones y hace que fotografiar sea menos automático. Algo parecido ocurre con los vinilos, los CD o los libros físicos. En un ecosistema donde casi todo está disponible inmediatamente, los objetos culturales adquieren valor porque introducen una pequeña resistencia frente a la velocidad.
La llegada de la inteligencia artificial hace que esta transformación sea todavía más relevante. Si producir textos, imágenes, música o información se vuelve cada vez más fácil, el problema cultural del futuro no será solamente cómo producir más, sino cómo decidir qué merece nuestra atención. En una economía de abundancia, la experiencia humana puede convertirse en algo más valioso precisamente porque no puede generarse de la misma manera.
Una inteligencia artificial puede escribir sobre una novela, pero no puede sustituir completamente la conversación que tenemos después de leerla con otras personas. Puede generar una fotografía de una mesa llena de amigos, pero no puede reemplazar el recuerdo de lo que ocurrió alrededor de esa mesa. Puede recomendar una canción, pero no puede construir por nosotros el contexto emocional que hará que esa canción termine asociada a una etapa de nuestra vida.
La cultura siempre ha sido más que contenido. También ha sido una forma de construir significado colectivamente. Un libro importa por las conversaciones que provoca; una canción, por los recuerdos que organiza; una librería, por las personas que consigue reunir. Por eso sería un error interpretar estas tendencias como un rechazo de la tecnología. La Generación Z no está regresando al pasado ni abandonando las plataformas. Está utilizando las herramientas digitales para encontrar experiencias que ocurren fuera de ellas.
Y aquí es donde el fenómeno deja de ser una curiosidad sobre los jóvenes y se convierte en una conversación cultural que nos concierne a todos. Si cualquier persona puede acceder a cualquier libro, escuchar cualquier canción, producir cualquier imagen y conversar con una inteligencia artificial en cualquier momento, entonces la cultura tendrá que competir cada vez menos por acceso y cada vez más por significado.
Ese significado rara vez se construye completamente a solas. Se construye conversando, compartiendo, discrepando, escuchando y estando presentes. Por eso quizá la pregunta no sea cuánto tiempo pasarán los jóvenes en internet, sino qué buscarán cuando decidan apagarlo.
La Generación Z no parece estar huyendo de la cultura digital. Está descubriendo sus límites. Y quizá esa sea una de las señales culturales más importantes de nuestro tiempo: después de décadas intentando conectar a todo el mundo a través de una pantalla, una generación está empezando a recuperar el valor de encontrarse en el mismo lugar, alrededor de un libro, una canción, una mesa o simplemente una conversación.
La próxima revolución cultural quizá no consista en inventar una nueva manera de conectarnos, sino en volver a descubrir por qué necesitamos estar juntos.
