*Escritora, abogada y directora general de la Cofradía Editores
Ustedes me perdonarán, pero no saben cuánto odio que alguien me diga que mis libros son mis hijos. Aunque a veces inicio un debate contra esa frase, en otras ocasiones prefiero fingir demencia. La maternidad siempre ha sido un tema relevante para mí; de hecho, elegir no ser madre fue una decisión que me costó tomar, pero cada día la vida me confirma que fue la correcta. El mundo, la Pachamama, el universo, Sidarta Gautama Buda, Freyja o inserte aquí cualquier deidad en la que usted crea, me reitera que tomé una buena decisión. Es maravilloso la posibilidad de elegir o no la maternidad.
No todas las mujeres deseamos ser madres. Además, la maternidad o paternidad debería ser siempre una elección y nunca una presión social. Siempre defenderé la maternidad elegida y la no romantización de esta. Admiro a las mujeres que asumen traer un ser a este mundo con la promesa de cuidarlo y amarlo, a pesar de los altibajos: los cambios hormonales, el dolor de amamantar, el deseo desesperado de dormir, los llantos a las tres de la madrugada o el olor a vomito de toda la ropa. Y eso que traigo a colación es solo apenas la punta del iceberg.
Alguna vez, una amiga me decía que el miedo nunca desaparece, solo muta. Al principio es el temor a que el bebé no respire en la cuna; luego, que se golpee la cabeza al aprender a caminar o que sufra violencia por parte de sus compas en el jardín, que no lo inviten a las fiestas de cumpleaños o que se emborrache en la fiesta del prom. Sospecho que ese miedo persiste hasta la adultez: que se quede sin trabajo, que no logre pensionarse o que le pongan los cachos y le rompan el corazón en mil pedazos. Es una entrega a otro ser por el resto de la vida.
Maternar no es solo cuidar a una persona que parece intentar ponerse en peligro a cada segundo; es también una entrega de información, una enseñanza de valores, principios y comportamientos ante la sociedad, además de lecciones básicas como amarrarse los cordones, bailar merengue en la primera fiesta, memorizar la gran fórmula dos de agua y una de arroz o distinguir entre el cilantro y el perejil.
Así que maternar no es cualquier cosita y no debe ser un ítem para verificar y sentirse alguien dentro de la sociedad o peor aún para que la cuiden a una cuando viejita, para eso existen las eco aldeas autosostenibles con las amigas o la rebeldía de no pertenecer a un sistema que nos quiere gorditos y bonitos, o para quien no entiende la referencia, un sistema que nos quiere dóciles y complacientes.
Por eso no comprendo que, al ver un libro, me pregunten: “¿Cómo te sientes con tu hijo?”. El arte es una energía creadora que desborda, que sale por los codos, que explota por todos los poros de la piel, que inunda y que no se detiene hasta que encuentra un cauce o crea dentro del caos. Es el ejercicio de mostrar algo valioso que genere sentimientos en quien lo observa, independientemente de su experiencia de vida.
Desde mi oficio como escritora, gesto historias desde muchos frentes: a veces tomo personajes de la vida real, plasmo mis vivencias con distintos matices o me escabullo por los confines de la realidad buscando caminos que dejen un mensaje de fondo. Las historias llegan como un destello, pero permanecen mucho tiempo siendo amasadas, construidas, amadas, odiadas y reescritas. Este proceso de creación es el disfrute y la pasión de hacer arte. Me imagino que así pasará con diferentes procesos, la deliciosa creación que es como saborear la comida que más te gusta.
Entiendo que me digan que “gesto” una obra, pero jamás aceptaré que digan que la he de “parir”. Gestar como una creación que emana de mí y de lo que quiero mostrar al mundo, pero mis entrañas no están destinadas a la maternidad. Esta analogía de “el libro como hijo” se les aplica mayoritariamente a las mujeres, pues se nos intenta encasillar en ese rol queramos o no. No he escuchado a muchos hombres hablar de su hijo cuando me muestran sus fotografías, sus pinturas, sus películas o sus libros.
¿Cómo comparar un libro —que suelto al mundo sin control sobre cómo será recibido— con la responsabilidad de formar a un ser humano? La comparación es odiosa. Primero, porque no quiero que me sitúen en un lugar al que decidí no ir; segundo, porque no se nos puede reducir solo a la capacidad de maternar; y tercero, porque el miedo a que mi arte sea malinterpretado jamás se comparará con el miedo a que un hijo muera. Es una cuestión de conservar la vida, de la llegada de la muerte que en el arte nunca se dará.
Llamar “hijo” a un libro no es real. A una historia la puedo abandonar; me gustaría saber qué opinan de abandonar a un hijo. Un hijo tiene libre albedrío; un libro es un objeto que se entrega a la interpretación de esa persona que le da la oportunidad a una historia. Mi rechazo a esta idea nace de cómo la reproducción ha dominado nuestra existencia como mujeres, limitándonos al hogar, a lo privado y prohibiéndonos incluso el derecho al goce y al placer que esta reemplazado por la reproducción. Es una domesticación que pretende recluir el éxito femenino nuevamente en el ámbito doméstico.
Mi odio ante la idea de maternar el arte es porque la reproducción a dominado nuestra estancia como mujeres en la tierra, es decir, por ello se nos ha limitado a pertenecer al hogar, a la familia, a lugares privados, incluso se no ha prohibido el derecho al goce y al placer (recuerden los casos de ablación donde cercenan el clítoris, el único órgano en la especie humana que solo sirve para el placer).
Esta domesticación del éxito de la mujer, llevándola otra vez del lugar en que nos han querido tener reclusas, la casa o el hogar. Es decirle al arte que es un hijo como algo tierno y creador, pero el arte es una propuesta intelectual y en muchos casos disruptivo. Siempre pienso en el arte como el salmón, a contracorriente, propone, critica, pregunta, señala, enmarca, es contestatario y revolucionario. ¿Por eso para los hombres es su obra y para las mujeres es su hijo? Minimizar es una de las batallas ganadas del sistema en contra de las mujeres. Y lo hemos naturalizado tanto que aceptamos que maternamos el arte y que lloramos ante la presencia de la obra, por ternura y no por ser el resultado de una trabajo creativo.
El arte nunca será un reemplazo de la maternidad, y viceversa. Ser madre es un oficio, un derecho, una elección, es la prueba irrefutable del amor entre dos personas, y con este amor me refiero al de la madre y su infante. El arte es un ejercicio intelectual y político que busca proponer y generar cambios culturales en aquellas personas que lo observan.
Mujer es igual a arte, maternidad, deseo, placer, gozo, inteligencia, poder, ejercicio de la ciudadanía, rebelión, lucha, posición política, lo es todo, es todo aquello que deseamos ser, pero nunca seremos solo madres.
