Las historias que Colombia no quiere leer

feminicidio collage y reflexión urbana

Hay historias de las que no queremos saber. Apenas estas historias se asoman en la conversación e intentan infiltrarse, sentimos el impulso de decir “por favor no me cuentes, que no soy capaz”. Esto pasa con las historias de las mujeres víctimas de feminicidio en Colombia. Son relatos dolorosos, atroces, violentos, deshumanizantes, tristes y desoladores, así que muchas veces preferimos no saber, no queremos que nos cuenten esta historia terrible que no nos va a dejar dormir. Porque sí, las historias sobre feminicidios en Colombia nos deberían quitar el sueño, y el nombre de cada mujer y su historia nos deberían marcar, pero no para paralizarnos si no para movilizarnos.

 

Cada historia que escribí en “Eso no es amor, diez feminicidios que sacudieron a Colombia”, retrata la vida y la muerte de una víctima de feminicidio, algunas conocidas y otras desconocidas de las que nunca oímos hablar, de las que nunca salió una foto en el periódico y de las que no hicieron parte de las noticias. Nadie nunca intentó ni siquiera contarnos esa historia. Las historias más conocidas tuvieron el interés de los medios de comunicación, de esas mujeres escuchamos sus nombres, vimos fotos y escuchamos sus historias a medias, pero nunca supimos quiénes eran más allá de ser víctimas.

 

Estas mujeres eran mucho más que víctimas de feminicidio, eran hijas, hermanas, tías, sobrinas, madres, amigas, trabajadoras, eran mujeres como nosotras, como nuestras familiares, como nuestras profesoras, nuestras colegas y como cualquier mujer con una vida, un proyecto, unos planes y muchas cosas por hacer.

 

Por esto escribí “Eso no es amor”, porque cada historia de este libro merece ser contada pero también merece ser leída. Porque escribir es una forma de movilización y de darle otra vez vida, nombre y humanidad a mujeres que callaron de forma violenta, pero que tenían mucho que decir.

 

La primera historia del libro es el de una mujer que fue víctima de feminicidio cuando este crimen no estaba tipificado en los años 50, Teresita una mujer por fuera de lo ordinario para su época, era dueña de su negocio, soltera, le gustaba la fiesta, era autónoma económicamente, se convirtió en una crónica roja muy famosa, después de que su esposo la matara. Casi nadie sabía cuál era su apellido, su identidad se redujo a ser el titular de las crónicas más crudas de su época en las que la apodaron “Teresita la descuartizada”. A Teresita la asesinó su esposo, la descuartizo y después botó sus restos al rio Fucha en el sur de Bogotá, hasta que unos vecinos del rio encontraron los restos y alertaron a la policía. Este descubrimiento fue la noticia del momento, el horror de las circunstancias, la violencia extrema del crimen, el feminicida, el juicio y todo lo que rodeaba la historia creo una enorme fascinación, pero que con el paso del tiempo quedo en el olvido.

Quizá mi apuesta por contar esta historia, no es la que más reviviría las ganas de leerla, pero si la necesidad de leer historias del pasado, que, aunque son dolorosas, nos recuerdan que, en la generación de nuestras abuelas y bisabuelas, sus esposos podían matarlas sin consecuencia alguna, porque el código penal los protegía.

 

También hay historias que no queremos ver y aún menos leer, pero de las que no podemos escapar, como el feminicidio de Rosa Elvira Cely. Para mí era impensable escribir sobre feminicidios en Colombia y no hablar de Rosa Elvira, una historia de la que no podemos huir. Esta historia es de la que nadie pudo escapar en el país, fue tan impactante y que salió en las primeras páginas de los periódicos, en los noticieros, en la radio, era imposible no hablar del horror y del sufrimiento que vivió esta mujer cuando fue víctima de feminicidio.

 

Esta historia tan dolorosa nos demostró la necesidad de volver el feminicidio un delito autónomo, mostro los vacíos de las instituciones frente a estos casos, y nos demostró que los feminicidios son prevenibles. Así queramos taparnos los ojos y los oídos, la historia de esta mujer, como la de cientos de otras, están ahí para recordarnos que en medio del horror han ocurrido transformaciones, y que tal vez es necesario leer ese horror para transformar.

 

Cada una de las historias de “Eso no es amor”, reivindica la vida, nos confronta con el dolor, nos muestra de frente una forma de violencia, pero también busca que no le huyamos más a estas mujeres. Leer sus historias es honrar sus vidas y es descubrir lo que quedó de ellas, para transformar este mundo y poder escribir historias que Colombia si quiera leer.

 

Mientras tanto seguiremos escribiendo las historias que el país no quiere leer, pero que necesitan ser escritas, para mi escribir Eso no es amor fue una montaña rusa de emociones, de alegría por reivindicar la vida de estas mujeres, rendirles un homenaje y abrazarlas desde las palabras. Esa ha sido mi movilización.

 

 

 

 

 

 

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