La suma de todos los afectos, de Ita María: una reflexión sobre el amor, la amistad y los vínculos

retrato editorial en blanco y negro con tipografía roja (1)

En su nuevo libro, Ita María cuestiona las formas en que hemos aprendido a amar, cuidar y relacionarnos, desde la amistad hasta el amor romántico. Un ensayo que invita a revisar nuestras expectativas y a imaginar otras maneras de construir los afectos.

Existe una pregunta que parece sencilla hasta que uno intenta responderla con honestidad: ¿qué esperamos de las personas que amamos? De una pareja, de una madre, de un padre, de una amiga. Cuánto cuidado, cuánta presencia, cuánta comprensión, cuánto sacrificio. Y, sobre todo, ¿en qué momento aprendimos que amar debía parecerse a todo eso?

En La suma de todos los afectos, título publicado por el Grupo Planeta, Ita María parte de una incomodidad que, después de la pandemia y de tantas conversaciones políticas y personales que vinieron con ella, empezó a rondarnos con mayor insistencia: qué sostiene nuestros vínculos y qué ocurre cuando dejan de sostenernos. El punto de partida de la autora son las amistades, incluso las rupturas dolorosas de algunas de ellas, esas «tusas de amistad» que pueden dejarnos preguntándonos si fuimos malos amigos, si exigimos demasiado o si, por el contrario, estuvimos demasiado dispuestos a aceptar aquello que nos hacía daño.

La pregunta por la amistad termina conduciendo a otras preguntas más grandes sobre el amor romántico, la familia, el cuidado y los mandatos que durante tanto tiempo han recaído sobre las mujeres. Ita María escribe desde el feminismo y habla deliberadamente en femenino, pero su reflexión no se queda encerrada en las mujeres. Al contrario: quien se adentra en estas páginas termina inevitablemente mirando sus propias formas de relacionarse.

Una de las ideas más poderosas del libro es que los afectos nos construyen, pero también pueden destruirnos. Y quizá por eso resulta tan necesario revisar aquello que hemos aprendido a llamar amor. Desde muy temprano, reflexiona la autora, se les enseña a las mujeres qué significa ser una buena hija, una buena pareja, una buena madre, una buena amiga. Los códigos cambian, pero casi siempre hay detrás una misma expectativa: cuidar, sostener, comprender, perdonar, estar. Para las mujeres, además, esa tarea ha sido presentada durante generaciones casi como una condición natural.

La amistad parecía haber escapado un poco de esos mandatos. Allí había, al menos en apariencia, una relación más horizontal, un lugar donde cabían el error, la contradicción y la posibilidad de marcharse sin tantos protocolos. Pero Ita María se pregunta qué ocurre cuando descubrimos que tampoco allí estamos libres de las estructuras que organizan la sociedad. La amistad entre mujeres puede estar atravesada por la clase, la raza, los privilegios y las distintas formas del poder. Incluso aquello que creemos más íntimo puede reproducir las desigualdades que decimos combatir.

Esa mirada también lleva a cuestionar la romantización contemporánea de la amistad. Después de haber intentado descentralizar el amor romántico y la vida de las mujeres alrededor de los hombres, ¿no terminamos trasladando algunas de esas exigencias a nuestras amigas? ¿No esperamos de ellas que sean salvavidas, terapeutas, cuidadoras, confidentes permanentes? Ita María no niega la importancia de las redes de apoyo ni la potencia de una amiga que escucha y acompaña. Lo que cuestiona es esa fantasía de salvación mutua que convierte el afecto en una responsabilidad imposible de cumplir.

Cuidar no es salvar. Amar no es poseer. Acompañar no significa hacerse responsable de la vida de la otra persona.

Ahí aparece una de las apuestas más interesantes del libro: la posibilidad de imaginar otros afectos. Amores que no necesiten dominar, controlar, conquistar ni convertir al otro en propiedad privada. Vínculos que puedan ser refugio sin convertirse en jaula. Relaciones que no depositen en una sola persona todas las expectativas de cuidado, compañía y felicidad. Y, sobre todo, una comprensión del amor que no tenga que pasar necesariamente por la pareja.

Porque La suma de todos los afectos no propone dejar de amar ni desconfiar de los vínculos. Propone ensancharlos. Pensar en familias elegidas, en redes de cuidado, en amistades que también son amores y en amores que puedan construirse desde la amistad, la ternura, la reciprocidad y la libertad. Una red que no recaiga sobre una sola persona, sino que pueda sostenerse colectivamente, como esa «colcha de retazos» que aparece en el libro y que termina siendo quizá su imagen más hermosa: cada afecto, cada amistad, cada amor, cada experiencia vivida, haciendo parte de algo mayor.

Ita María escribe, además, desde un lugar que me parece importante: no se presenta por fuera de aquello que cuestiona. Sus reflexiones nacen también de sus propias contradicciones, de sus vínculos, de su memoria y de la necesidad de revisar sus propias construcciones. En conversación con este diario, la autora cuenta que una de las dificultades del proceso fue precisamente volver sobre esas experiencias y preguntarse cuánto había ocurrido exactamente como lo recordaba. ¿Qué tan fiel es nuestra memoria? ¿Qué tanto de lo que creemos sobre nosotros mismos está construido a partir de aquello que recordamos?

Esa duda le hace bien al libro. Porque La suma de todos los afectos no pretende convertirse en un manual para querer correctamente. Hay algo más humano y, por eso mismo, más incómodo en su propuesta: mirarnos mientras queremos, reconocer los lugares desde los que ejercemos poder y aceptar que incluso nuestras relaciones más queridas pueden estar atravesadas por aquello que aprendimos a reproducir.

El libro está escrito especialmente para las mujeres, pero sería un error pensar que los hombres podemos leerlo desde la distancia. No porque Ita María pretenda ofrecernos un lugar central en una conversación que justamente busca descentralizarnos, sino porque sus preguntas terminan alcanzando cualquiera de nuestras maneras de relacionarnos. También nosotros hemos aprendido a amar de determinadas formas. También nosotros hemos confundido cuidado con control, presencia con posesión, necesidad con amor, sacrificio con entrega.

Quizá de eso se trate, al final, la suma: no de acumular afectos, sino de aprender a habitarlos de otra manera.

Salir completamente de nuestras construcciones sería demasiado pedir. Decir que después de leer este libro quedamos deconstruidos sería, además, bastante ingenuo. Pero sí creo que algo se mueve. Uno termina mirando con un poco más de claridad las expectativas que pone sobre los demás, los lugares que ocupa en sus vínculos y aquello que todavía llama amor sin preguntarse demasiado por qué.

Y esa es una de las virtudes de este ensayo: no deja indemne al lector.

La deconstrucción quizá no sea total. La comprensión, después de estas páginas, sí puede ser un poco mayor.

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