La revolución de entender la otredad

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Hace diez años vi en televisión una noticia que me sacudió profundamente: miles de personas, de todas las edades y clases sociales, marchaban en las principales ciudades de Colombia pidiendo la prohibición de unas cartillas del Ministerio de Educación que daban pautas para que los estudiantes de colegios oficiales tuvieran un comportamiento inclusivo y respetuoso con quienes se identificaban con un género diferente del femenino y el masculino. Con pancartas en las que se leía “Por una familia según el diseño de Dios”, “Si eres niño eres niño, si eres niña eres niña” y mensajes por el estilo, recorrían las calles vociferando mensajes llenos de odio.

 

Quedé paralizada y sorprendida. No podía creer que, en pleno 2016, alguien se opusiera a medidas destinadas a evitar que niños, niñas y jóvenes fueran excluidos o maltratados por su identidad de género. Me pregunté en qué país estaba viviendo y si yo, Ana María, podía hacer algo frente a esa realidad.

La mayoría de los colombianos no sabe qué siente, piensa o vive una personagay, lesbiana, trans, bisexual o alguien que se identifique por fuera de lo binario hay más de cuarenta géneros. Pensé que quizás esos manifestantes teníanmiedo: a lo diferente, a que sus propios hijos se salieran de la norma y lo establecido por las religiones y la sociedad. Incluso, miedo a descubrir en ellos mismos sus ambigüedades. Había y aún hay mucha ignorancia al respecto.

 

Mi propio desconocimiento me llevó a investigar sobre el tema del género. Descubrí un universo amplio y diverso, donde hay más de 75 variantes cromosómicas y no solo dos. Según Anna Fausto Sterling, filósofa y bióloga norteamericana, “en estricto sentido anatómico y cromosómico, existen al menos tres sexos más”. Centré mi atención en las personas trans, a quienes hasta ese momento solo conocía por libros y películas que, con frecuencia, las representaban como seres marginales y grotescos. Decidí entonces que mi aporte sería dar a conocer la vida íntima de alguna de estas personas que habitan un cuerpo diferente al que dicta la norma.

 

El destino, con sus tretas misteriosas, me llevó a conocer a Martín Castillo, quien en ese momento estaba dejando atrás a Yasmín, la niña que fue. Él me presentó su existencia, interesante y profunda; yo le propuse escribirla. Aceptó sin reticencias. Así iniciamos una conversación que duró ocho años, hasta la publicación del libro «YO SOY YO: la asombrosa transición de Yasmín a Martín»de Editorial Planeta. El libro recoge no solo su historia, sino también sus reflexiones acerca del proceso de cambio de género y su búsqueda interior, la cual le ha permitido amarse y entender que no es un hombre, pero tampoco es una mujer.

 

Martín me mostró la realidad del mundo de muchas personas trans: ese cotidiano plagado de insinuaciones, miradas de soslayo, palabras hirientes, prohibiciones, señalamientos y agresiones que las sitúan en un lugar diferente al del resto de la humanidad. Eso aumentó mi certeza de que es urgente difundir información que permita a la sociedad ampliar su mirada, conocer lo que viven aproximadamente diez mil colombianos y más de treinta y seis millones de habitantes de la Tierraque cuando salen de su casa por la mañana no saben si regresarán o serán agredidos física o verbalmente el promedio de vida de una persona trans es de 35 años por el simple hecho de habitar un cuerpo que se aparta del estereotipo de hombre o mujer.

 

Hoy comprendo que la cercanía de Martín, el haber escrito su historia y el recorrido por el país dándola a conocer, me han transformado. Ha cambiado mi manera de ver ciertas cosas y de habitar este planeta. Ha enriquecido mi vida, reafirmando mi convicción de que todos los seres humanos, independientemente de su raza o de su género, somos igual de valiosos y tenemos el mismo derecho de llevar una vida digna, sin temor de ser nosotros mismos.

*Ana María Echeverri estudió Comunicación Social en Medellín y empezó su actividad profesional como reportera gráfica de la revista Guion. Luego fue cronista en El Tiempo, en la revista Cromos y en el Magazín Dominical de El Espectador. Con el tiempo unió la fotografía y la escritura en documentales y programas de opinión realizados para AudiovisualesTelepacífico y Caracol Televisión, así como para el Premio Nacional de Paz

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