¡Colombia tiene poetas! ¡Y qué poeta que es Piedad Bonnett! Nuestra escritora ha sumado un nuevo reconocimiento a una de las obras literarias más importantes de Colombia. La poeta, novelista, dramaturga y ensayista antioqueña fue elegida como ganadora del Premio Internacional de las Letras ExLibris Murcia 2026, un reconocimiento que vuelve a poner su nombre —y el de la literatura colombiana— en el panorama internacional.
Pero hay algo en cada nueva celebración de Piedad que me obliga a volver atrás como un feliz recuerdo similar a la canción Volver a los diecisiete de Violeta Parra que “va brotando como el musguito en la piedra”: Porque Piedad Bonnett fue, quizá, la primera mujer poeta que leí realmente en mi vida, cuando apenas comenzaba a entender qué era la literatura.
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Creo que antes de entender los grandes movimientos literarios, de aprender a clasificar los géneros, están los poemas. Casi siempre se llega a la literatura por la poesía, que es esa forma breve y misteriosa de decir “mundo”, porque hace algo que necesitamos desesperadamente: nombrarnos y ubicarnos en la extrañeza de vivir.
A mis diecisiete años en uno de esos días del idioma, una invitada leyó un poema bellísimo no recordaba el título, solo se me quedó un verso que anoté en el cuaderno: “Vuelvo como los pájaros a las gastadas rosas que ya no tienen miel”. Me fascinó. Solo sabía que lo había escrito alguien llamada Piedad Bonnett, pero tampoco sabía quién era Piedad Bonnett.
A esa edad tampoco sabía demasiado sobre bibliotecas. Pero saqué mi primer carné de la Biblioteca Luis Ángel Arango y decidí que encontraría aquel poema. Mi método fue tan ingenuo como obstinado: saqué todos los libros de Piedad Bonnett que pude encontrar.
Y la leí… Y la leí… Y la leí mucho.
No sabía dónde podía encontrar aquel poema, en una antología, en un poemario, en una novela o un ensayo. No estaba haciendo una investigación académica y ni siquiera sabía de crítica literaria para organizar una obra en las categorías que años después aprendería a estudiar. Parecía vivir una retahíla: la búsqueda de un verso, me llevó a una biblioteca, esta biblioteca, a un libro tras otro hasta llegar a Piedad Bonnett.
Con el tiempo descubrí que el poema que había buscado obsesivamente se llamaba Pie de página. Pero para entonces ya había ocurrido algo mucho más importante que encontrarlo: me había enamorado de su poesía.
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Las primeras lecturas construyen habitaciones dentro de uno porque hay libros que terminan convirtiéndose en lugares. La obra de Piedad ha sido para mí uno de esos lugares, citando aquí Un cuarto propio de Virginia Woolf, un cuarto en el que una habite para saber nombrar lo que piensa y siente.
Con el tiempo descubriría quién era aquella mujer nacida en Amalfi, Antioquia; aquella niña que pasó sus primeros años entre las montañas de un pueblo antioqueño antes de llegar a Bogotá. Descubriría también que habíamos estudiado lo mismo: Filosofía y Letras.
Quizá por eso, con los años, esa coincidencia biográfica terminó pareciéndome entrañable porque además a través de esa obstinada búsqueda coincidí también en el porqué de la filosofía y de la poesía: dos formas distintas de enfrentarse a la misma extrañeza: la de habitar. Pero antes de saber todo eso, antes de conocer los premios y las biografías, yo la estaba leyendo.
Leyendo a una poeta que había publicado De círculo y ceniza, Nadie en casa, El hilo de los días, Ese animal triste, Las tretas del débil, Explicaciones no pedidas y, años después, Los habitados. Una autora que no se conformó con un solo género y construyó también una obra narrativa, teatral y ensayística.
Con el tiempo, Colombia y el mundo aprenderían a reconocerla como una de las voces fundamentales de nuestra literatura contemporánea. Llegaron novelas como Después de todo, Para otros es el cielo, Siempre fue invierno y El prestigio de la belleza. Llegaría al teatro, a los ensayos y a sus columnas que aún leo juiciosamente.
Y llegaría un libro del que para mí no hubo reversa alguna al nombrar el dolor (irónicamente): Lo que no tiene nombre: Ese libro profundo y luminoso en el que Piedad escribió sobre la enfermedad mental y la muerte de su hijo Daniel. Un libro que convirtió una experiencia profundamente íntima en una conversación colectiva sobre el duelo, la fragilidad y aquello para lo que muchas veces no tenemos palabras.(Que valga esto para decir que estará este mes en el Teatro Petra presentándose en una adaptación dramática).
Por eso me alegra profundamente que Piedad Bonnett reciba este premio, como si celebrase un triunfo familiar. Y es que este premio no es solamente sumar un nuevo galardón a su larga trayectoria, sino además, celebrar una obra que ha sabido nombrar el mundo; una voz que ha atravesado todos los géneros literarios para recordarnos que la literatura sigue siendo uno de los pocos lugares donde podemos mirar de frente aquello que no comprendemos.
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Piedad probablemente nunca sepa que una adolescente de diecisiete años recorrió durante días los estantes de la Luis Ángel Arango buscando un poema suyo. Y no importa, la poesía es una búsqueda constante del lenguaje por la vida. Por eso, mientras Piedad Bonnett suma otro premio a una vida dedicada a la literatura, yo celebro algo mucho más íntimo: haberla encontrado.
Y quiero darle las gracias:
Gracias, Piedad, porque su obra fue para mí la sentencia de una alegría: la poesía, la lectura y las bibliotecas. Gracias porque buscando un verso suyo encontré el placer de perseguir palabras. Gracias por hacerme lectora de poesía.
Gracias por embellecer así mi mundo.
Y quizás todo esto pueda decirse mejor con sus propias palabras en el poema que tanto mencioné:
“Porque al fin
después de tanta pena
porque obstinadamente
tercamente
desandamos los pasos antes de la partida
porque entre verte y verte
me lleno de palabra
porque abro mis paréntesis
mientras cierras los ojos
y en el papel se obstinan los puntos suspensivos”.
Quizá la poesía sea justamente eso: una obstinación. La de ella por escribirla y la mía por encontrarla. Gracias y felicitaciones, querida Piedad.
