Hay historias que resisten cualquier intento de simplificación. La llamada es una de ellas. En su más reciente libro, Leila Guerriero reconstruye la vida de Silvia Labayru, sobreviviente de la ESMA, para explorar no solo los horrores de la dictadura argentina, sino también las zonas grises de la memoria, la culpa, el juicio social y la supervivencia. El resultado es un retrato que rehúye las certezas y confirma por qué Guerriero es una de las voces más importantes del periodismo narrativo en español. Conversamos con Leila Guerriero en su paso por Bogotá por el Festival Gabo, y nos habló sobre el oficio de escribir perfiles, la tentación de convertir el sufrimiento en una moraleja y la necesidad de narrar América Latina más allá de sus clichés.
Margen Cultural: En La llamada no solo reconstruyes la vida de Silvia Labayru; también reconstruyes la manera en que una sociedad decide recordar a una víctima. ¿Cuándo entendiste que el verdadero conflicto del libro no estaba en la dictadura sino en lo que vino después?
Leila Guerriero: La decisión vino desde el principio. Cada vez que hago un perfil me interesa abordar la vida de la persona en su totalidad, porque no vivimos por fragmentos, vivimos en un devenir, y el presente solo se explica con el pasado; por eso hay que revisar todo ese pasado.
Los años que Silvia estuvo secuestrada fueron momentos determinantes para ella, tanto como los años de militancia en el movimiento Montoneros o el repudio que recibió en España, en el exilio. Quería entender sus dudas, sus pesares, sus contradicciones; entenderla toda a ella.
MC: Nunca pareces interesada en absolver ni en condenar a tus personajes. ¿Es una decisión ética o una estrategia narrativa?
LG: Es una mezcla de las dos cosas. También una regla, no sé si básica del periodismo, pero para escribir periodismo narrativo uno tiene que buscar entender, no señalar con el dedo lo que está bien o está mal.
Uno siempre debería intentar entender. Luego se pueden hacer juicios; yo misma llego a algunas conclusiones, a veces, que casi nunca son taxativas. Pero me parece que la idea de contar la historia de una persona, o de varias personas, con la intención de establecer un juicio de valor está alejada del periodismo narrativo que me gusta leer y que me gusta escribir.
MC: Has dicho que un perfil no consiste en contar una vida sino en encontrar un sistema para leerla. ¿Cómo sabes cuándo encontraste esa llave?
LG: Lo que tiene que haber es una sensación de haberlo comprendido. Pero casi siempre es una sensación de entender. Porque la omnipotente pretensión de haber entendido completamente al otro es eso: omnipotencia. Somos un misterio, un enigma y un laberinto, incluso para entendernos a nosotros mismos.
Ahora, puede haber algunas claves. Después de varios encuentros sí te das cuenta de ciertas cosas. Por ejemplo, si hubiera resistencia, esa resistencia se va desbaratando. O uno también nota que la persona empieza a decir cosas fuera de cálculo, fuera de control. El otro empieza a decir cosas que no sabía que sabía. Explícitamente, en algunos casos, dicen: “Mirá, nunca lo había pensado de esta manera, pero tal cosa…”.
La clave sería estar muy abierto siempre a escuchar.
MC: ¿Qué tan peligroso es enamorarse de un personaje mientras se escribe sobre él?
LG: En principio, yo siempre estoy muy cautivada por la historia. La posibilidad de que el otro te cautive o te manipule está presente. Yo creo que uno, con el tiempo, desarrolla una posición subjetiva —si no suena demasiado rimbombante esto— en la cual te mantenés aferrada de una manera muy natural, sin tensiones, sin estar pensando en eso todo el tiempo, sin ofrecer una resistencia activa, digamos.
Te diría también que mucho de ese posicionamiento subjetivo te lo va dando la experiencia. De hecho, si yo leyera algunos de los perfiles que hacía al comienzo de mi trabajo, eran perfiles que estaban más cautivados por la persona que tenía enfrente. Algunas de esas conversaciones con actrices o escritores que admiraba de joven las noto más condescendientes.
Con el tiempo también vas adquiriendo herramientas; es como ejercitar la musculatura, digamos.
MC: Leyendo La llamada pensaba en esa columna que escribiste para El País, en la que preguntas: “¿Cuántas toneladas de autoayuda y mindfulness hemos tragado para engendrar esa necesidad maníaca de encontrarle a todo una enseñanza?”. En ambos textos parece haber una resistencia a convertir el sufrimiento en una historia edificante. ¿Desconfías de los relatos que necesitan encontrar una moraleja?
LG: Sí, desconfío. Esa es la palabra. A mí no me traen nada; los veo repletos de lugares comunes.
También pienso que si hay alguien que realmente atraviesa un dolor muy fuerte y lee una cosa así, y no puede sacar nada positivo de ese dolor, debe sentirse muy mal. Debe pensar: “Esta otra persona perdió todo, y le pasó tal cosa y tal otra, y de pronto se siente feliz por una tercera cosa; yo tengo cosas por las cuales sentirme feliz, pero me pasaron estas cosas tremendamente traumáticas por las que estoy deprimido o deprimida. Entonces debe haber algo mal en mí”.
Otra cosa es contar historias que sean historias buenas, de gente que sí pudo superar cosas. Creo que tiene que ver más con la forma en que se cuentan las historias que con la historia en sí.
Me parece que está muy bien que la gente no esté pegada a un trauma toda la vida. Me parece bueno y saludable; habla de una fortaleza. Pero esa misma historia la podés contar de una forma complaciente, ñoña, cursi, condescendiente, y pretendiendo que eso tenga que ser así para el resto de la gente que haya pasado por algo parecido.
Además, en los textos y películas de las que hablamos se suele angelizar a la persona que pasa por esa situación y, sin dejar de ser una víctima de una situación horrible, la gente suele tener contradicciones, algunas miserias.
MC: En un conversatorio por los 50 años de el diario El País de España dijiste que América Latina aparece en los medios como un adolescente: solo llama la atención cuando tiene problemas. ¿Qué historias estamos dejando de contar sobre la región para seguir buscando siempre lo excepcional?
LG: Siempre la historia tiene que tener una singularidad, ¿no? Pero lo veo como jurado de algunos premios de periodismo y crónica: lo que llega es un enorme caudal de cosas que tiene que ver con conflicto, y estamos replicando ese cliché latinoamericano de que somos personas muy folclóricas o muy conflictivas.
En principio, encuentro dos temáticas que no están del todo reflejadas en lo que estamos mirando. Una tiene que ver con el mundo de la cultura. América Latina es un lugar donde, no hace falta decirlo, tenemos excelentes directores de orquesta, directoras, escritores, escritoras, actores y actrices.
Por otra parte, hay muchísimos científicos estupendos. Algunos ya no están investigando ni viviendo en América Latina. Entrar ahí es costoso, porque requiere tiempo de investigación para tener algo de contexto sobre qué preguntar, pero creo que vale mucho la pena.
