Una de las preguntas recurrentes alrededor de cualquier artista es “¿cuál fue el momento en el que nació su obra?”. Nos asombra conocer ese momento semilla, el instante en que algoactiva la pulsión creativa y termina convirtiéndose en una novela, una canción, una película. Ese misterio resulta valiosísimo porque se trata, justamente, de un momentum en el que todo se sincroniza para que así ocurra. En el caso de Al diablo la maldita primavera, del escritor vallenato Alonso Sánchez Baute, esa inflexión ocurrió en un gimnasio luego de una escena incómoda.
Era 1997. Alonso hacía spinning junto a A, un amigo más joven. Cerca de ellos entrenaba un conocido peluquero, un hombre “amanerado” a los ojos de A, sobre quien hizo comentarios homofóbicos. Alonso escuchó en silencio. En ese momento todavía no había hecho pública su orientación sexual, tampoco enfrentó a su amigo. Tal vez quienes hemos pasado alguna vez por una situación semejante conocemos esa parálisis: no siempre se responde en el momento en que ocurre, mucho menos cuando hacerlo supone también revelar algo de uno mismo que todavía intenta protegerse.
La reacción llegaría dos días después. Era sábado, alrededor de las once de la mañana, y Alonso caminaba hacia el mismo gimnasio cuando la escena regresó. Esta vez apareció acompañada por la rabia y por una voz que le dictaba. Dio media vuelta, regresó a su casa y comenzó a escribir el dictado. “Esa rabia es el primer capítulo de Al diablo”, afirma Alonso mientras bebe de su trago.
Sentados a la mesa de la cocina de su apartamento en Chapinero ––en Gay Hills, como habría dicho Edwin Rodríguez Buelvas el protagonista de Al diablo la maldita primavera––, Alonso me dice que es del signo de Aries. Quise indagar un poco más sobre su carta astral, no por capricho, me interesaba la forma en que describe los momentos iniciáticos de Al diablo y todo lo que desencadenó para él haber ganado con ella el Premio Nacional de Novela Ciudad de Bogotá en 2002. Aries abre el zodiaco y, en el lenguaje astrológico, está asociado con el comienzo, la acción y esa fuerza que irrumpe antes de preguntarse demasiado por las consecuencias. Algo de eso aparece una y otra vez cuando Alonso reconstruye la historia de Al diablo.
Uno de los primeros episodios a los que recurre es, particularmente, explosivo. Alonso dice que Al diablo tuvo dos bautizos y que ambos estuvieron acompañados por bombas.
El primero ocurrió en Bogotá. Era el 7 de febrero de 2003 y Alonso presentaba la primera edición de Al diablo la maldita primavera. Recuerda el lanzamiento como un encuentro multitudinario y pluricultural, con personas que probablemente no habrían compartido un mismo espacio de no ser por el libro. Esa misma noche, a las 8:15, un carro bomba explotó en el Club El Nogal, en el norte de Bogotá, a pocos kilómetros de donde fue el lanzamiento de la novela. Horas después sabrían por las noticias lo que había ocurrido.
El segundo bautizo tuvo lugar al otro lado del Atlántico. Alonso estaba en España presentando Al diablo la maldita primavera cuando coincidió con uno de los episodios más violentos de la historia reciente de ese país. El 11 de marzo de 2004, diez bombas explotaron en cuatro trenes de Cercanías de Madrid. Los atentados, perpetrados por una red yihadista vinculada al entorno de Al Qaeda, dejaron 192 muertos y 1.857 heridos.
Dos presentaciones, dos atentados, dos bautizos atravesados por explosiones. Más que una coincidencia, la imagen resulta poderosa por lo que estaba comenzando.
Al diablo la maldita primavera se abría paso con fuerza y Alonso, aunque todavía no podía saberlo, comenzaba con ella un camino de ida.
La novela cambiaría su vida, lo obligaría a mostrarse públicamente y terminaría encontrando lectores que también reconocieron en sus páginas una posibilidad para nombrarse. Como ocurre con ciertas obras, el camino que abría para su autor pronto comenzó a abrirse también para otros.
Alonso todavía no había hecho pública su orientación sexual cuando ganó el premio. Creyó, incluso después de conceder sus primeras entrevistas, que podría protegerse detrás de la ficción, separar al autor del personaje y dejar que la novela hablara por él. No ocurrió así. Mientras estaba en Barcelona recibió en el locutorio contiguo a su hotel un mensaje urgente pidiéndole que llamara a Valledupar. Estando en otro continente, la palabra urgenteadquiría otra gravedad.
“Cuando tú estás allá, es que alguien se murió. Pues lo que no sabía era que el muerto era yo”, recuerda Alonso.
Un velorio sin muerto
Entonces llamó. Al otro lado de la línea estaba su madre, enfurecida. Durante cerca de media hora recibió de ella todos los insultos imaginables. El Espectador había publicado una entrevista a página completa acompañada por una fotografía enorme y un titular imposible de esquivar: “La oveja rosada de la familia”.
Para entender la dimensión de aquella llamada no basta con pensar en Alonso. También hay que pensar en su familia en Valledupar. A comienzos de los años dos mil ––incluso hoy día––, que un periódico de circulación nacional expusiera la orientación sexual de un hijo podía convertirse, en un entorno social conservador, en un acontecimiento que desbordaba rápidamente lo privado. Y eso fue, literalmente, lo que pasó.
Esa misma mañana, cuando el periódico llegó a Valledupar con la noticia, la casa de los Sánchez Baute comenzó a llenarse de personas que iban a acompañar a la familia frente a lo que algunos percibían como un velorio. Gloria Triana, que estaba hospedada allí por esos días, sería quien después le contaría la escena. Hacia las ocho de la mañana ya habían conseguido sillas y café para recibir a quienes seguían llegando. Había gente sentada en la puerta, en la terraza (lo que en la región Andina de Colombia se conoce como jardín) y por distintos lugares de la casa.
“Esto es Macondo”, recuerda Alonso haber pensado cuando se enteró de lo ocurrido.
La imagen tiene algo de velorio sin muerto, una casa preparada para recibir a una multitud que llegaba a ofrecer solidaridad ––o incluso, condolencias––. Y algo, en realidad, sí estaba terminando.
Para que comenzara aquel camino de ida, había una versión de Alonso que ya no podía continuar, la del hombre que todavía podía escribir desde el anonimato, protegerse detrás de la ficción y mantener separadas su vida pública y su vida privada.
Alonso me cuenta esta historia mientras abre frente a mí una carpeta gruesa que extiende sobre el mesón de su cocina. Adentro hay artículos, entrevistas, fotografías y recortes de prensa acumulados durante años. Fue su madre quien reunió ese archivo y, tal vez sin proponérselo, fue siguiendo allí el rastro de un hijo que apenas empezaba a conocer del todo, uno que acababa de tomar un camino cuyo destino ninguno de los dos podía prever.
El camino de ida (y regreso)
Cuando regresó a Bogotá ––Alonso retomó el recuerdo–– encontró su oficina cubierta de post-its de medios de comunicación que querían entrevistarlo. Lo que siguió fueron cerca de dos meses de exposición intensa en los que perdió once kilos de peso ante la presión mediática.
Aquel camino que comenzó con Al diablo la maldita primavera terminaría adquiriendo, años después, un nombre dentro de la propia obra de Alonso. En Parábola del salmón, publicada originalmente en 2020, debajo del título aparecen cuatro palabras: el libro de ida. El viaje atraviesa sus páginas, pero la expresión parece también describir una trayectoria más larga, la del escritor que salió casi accidentalmente de una oficina pública, de la ficción entendida como refugio y de una vida que hasta entonces había podido mantener lejos de la mirada de los demás.
Ahora Parábola del salmón vuelve a circular de la mano de Seix Barral y, mientras hablamos en su cocina, Alonso completa la figura.
Después del libro de ida, dice, viene el de vuelta. Ya está escrito, aunque todavía no tiene título.
“Volver significa volver a Valledupar”, me explica. No necesariamente regresar físicamente, sino permitir que esa ciudad aparezca cada vez más en su literatura. “Creo que hay muchas cosas que ya estoy interesado en contar”.
Seguir el impulso
Quizá no sea casual que tantas personas tengamos nuestro propio recuerdo de iniciación con esta obra. El mío ocurrió en Santa Marta, estaba en segundo semestre de periodismo cuando el lingüista Alfredo Hernández me prestó un ejemplar de Al diablo. Al entregármelo me dijo que era una especie de análisis antropológico del hombre gay en Bogotá. La descripción me convenció, aunque no precisamente por su solemnidad, sino más por la posibilidad de conocer otras vidas que seguramente se parecían más a mi experiencia vital.
Esa noche llegué a casa y comencé a leer debajo de las sábanas, alumbrando las páginas con la luz de mi teléfono. Si mis padres evangélicos hubieran descubierto cuál era el tema central del libro, habríamos tenido una conversación que no me interesaba tener. Durante el día lo escondía debajo de montañas de ropa y en la noche volvía a sacarlo. Descubrí un mundo muy lejano y desconocido, pero absolutamente delicioso. Deseé entonces vivirlo algún día.
Esos momentos semilla pueden sentirse cada vez más escasos. No porque hayan dejado de ocurrir, sino porque cada vez parece más difícil reconocerlos y seguirlos. Alonso pudo haber continuado caminando hacia el gimnasio aquel sábado, llegar a casa y encender el televisor, dejar que la rabia se disolviera entre cualquier otra distracción.
Yo pude haber devuelto el libro que me prestó mi profesor de lingüística sin abrirlo jamás. A veces el comienzo de un camino depende de algo tan pequeño como eso: atender un impulso, darle espacio y recorrerlo antes de saber exactamente hacia dónde conduce.
Solo deseo que quien haya leído hasta aquí se anime también a emprender algún viaje de ida. Muchos lo hicimos alguna vez con Al diablo la maldita primavera. Y mientras seguimos andando, queda abierta otra expectativa, el viaje de regreso que Alonso Sánchez Baute ya comenzó a anunciar.
* Graduado de la maestría en escrituras creativas de la Universidad Nacional de Colombia. Autor de la novela Nadamos en el mismo mar. Es también periodista y gestor en la Fundación Cultural CortoCircuito.
