Betty Garcés: abrirse camino en la ópera desde el Pacífico colombiano

Por Daniela Matiz (@lobas.ritmosfemeninos)

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Fotografía Kata Garcés (@katagarces_)

Conocí a Betty Garcés como llegan algunas medicinas poderosas en la naturaleza: simplemente te llaman, y a mi me llamó hace más de 7 años en un escenario.

Su forma de hablar tiene algo de arrullo y de fuego al mismo tiempo. Algo que recuerda a su voz cuando canta: una vibración profunda que se mete en el cuerpo, como si tocara esas entrañas salvajes que todos llevamos dentro.

Como mujer, como colombiana, como alguien que se conecta con el mundo a través de la creación, escucharla fue también recordar algo esencial: que el arte no es un lujo, es una experiencia profundamente humana.

Cuando comenzamos a crear Margen Cultura, nos preguntamos ¿para qué queremos hacerlo? En esa conversación inicial dije algo que sigo creyendo profundamente: si vamos a hablar de arte, hablémosle a la gente, no a una élite que lo consume como un negocio. No sobre arte convertido en transacción ni en objeto financiero. Creo que el arte es un derecho universal. Y la idea es acercar la belleza a quienes estén dispuestos a conectarse con ella.

Curiosamente, esa conversación terminó derivando en un imaginario: la idea de que la ópera es elitista.

Yo amo profundamente la ópera. Es, quizás, la única forma de arte que logra conmoverme hasta las lágrimas. Nada interviene tanto mi sistema nervioso como una historia narrada en voces potentes y con escenarios mágicos.

En la ópera todo nos pasa al mismo tiempo: la música, el canto, el vestuario, la escenografía. Un escenario entero se convierte en un cuadro vivo, efímero, mientras una historia (muchas veces cantada en lenguas que no entendemos) logra unir emocionalmente a todos los que están presentes.

Siempre me ha parecido curioso, porque muchas de las personas que sostienen esa idea nunca han ido realmente a una.

Yo misma llegué a la ópera desde un lugar poco probable. En mi familia nadie era particularmente aficionado a este género. Pero si tuve una enorme libertad para elegir, y con el tiempo descubrí algo interesante: el gusto por el arte tiene muy poco que ver con la edad, la profesión o el lugar de donde vienes.

Entre las personas que comparten conmigo este amor por la ópera ninguno comparte edad, ciudad de origen ni trayectoria profesional. La sensibilidad no pertenece a ninguna clase social.

Por eso hoy quiero hablar de una mujer que es medicina para mi corazón. Su voz es poderosa, pero también tiene algo más difícil de describir: es fuerza vital y calma al mismo tiempo.

Ella es Betty Garcés, soprano colombiana nacida en el Pacífico, una de las voces más importantes de su generación en el repertorio lírico.

Su trayectoria la ha llevado a escenarios internacionales en un género que, durante siglos, no fue pensado para voces ni historias como la suya.

Sin embargo, cuando habla de su camino, lo hace con una claridad que desmonta muchos prejuicios, y en este especial del 8M de Margen Cultural quisimos visibilizar el impacto de la carrera artística de una mujer que ha abierto camino para todo Colombia con su voz.

Daniela Matiz: ¿Cuál es el primer recuerdo que tienes con la música en Buenaventura?

Betty Garcés: El primer recuerdo que tengo con la música viene desde mi infancia en Buenaventura. Es difícil establecer uno solo, porque mi vida estaba llena de música, de distintos ritmos e influencias que rondaban alrededor de mí en ese momento.

Tenía al menos tres fuentes principales que marcaron ese despertar. La primera era la música Salsa que se escuchaba en mi casa prácticamente de la mañana a la noche, sobre todo entre jueves y lunes. Era la música que amaba mi papá, José Garcés, un amante empedernido de la salsa clásica. Tenía una colección maravillosa de LPs de varios grupos y compositores que se quedaron grabados en lo profundo de mi memoria desde que era niña.

La segunda fuente era la música folclórica y autóctona del Pacífico colombiano: la que se escuchaba en las procesiones que pasaban por las calles, en las chirimías, en los lugares que a veces frecuentábamos cuando íbamos al centro y en los arrullos. En varias ocasiones estuve presente en arrullos para bebés que habían fallecido, y pude vivir de primera mano esta forma tan única de procesar, agradecer y celebrar la existencia y la partida de un ser tan preciado.

La tercera fuente muy importante eran las melodías que tocaba mi abuelo materno, Alejandro Bedoya, en la dulzaina y en la armónica. Él vivía en la primera planta de la casa y todas las mañanas tocaba melodías que él mismo había creado de forma empírica. Yo lo escuchaba desde el segundo piso: me acostaba en el piso y pegaba el oído a la baldosa, que amplificaba el sonido que venía desde abajo. Cuando empezaban a sonar las primeras notas, cerraba los ojos y era como si estuviera dentro de su concierto, dentro de su interpretación. Viajaba por esas melodías que él tocaba con tanta emoción y sentimiento.

Esas fueron las tres fuentes principales de mi acercamiento a la música en la infancia. Más adelante también apareció una influencia muy importante gracias a mi madre, que es pintora y artesana. Ese contacto con el arte también fue fundamental en la formación de mi sensibilidad como artista.

DM: ¿Cómo fue el momento en que conociste la ópera? ¿En qué punto entendiste que ese podía ser tu camino profesional?

BG: Yo no estaba buscando la ópera. Fue algo muy especial, como si el momento hubiese estado preparado para que me encontrara cara a cara con ese mundo que era completamente nuevo para mí. Cuando vivía en Buenaventura nunca tuve la oportunidad de escuchar este género; nunca escuché a nadie cantando ópera y realmente eran muy pocos los referentes que tenía de la música clásica.

Fue cuando me mudé a Cali para terminar el colegio. Después de una pequeña aventura terminé entrando al conservatorio de manera bastante inesperada, estudiando canto lírico sin tener realmente idea de qué era. Pero de alguna forma los jurados reconocieron que había algo en mi voz que valía la pena desarrollar.

Una de las personas clave en ese momento fue la maestra Ivonne Giraldo, que estaba en el jurado y luego se convirtió en mi profesora en el conservatorio. Ella sabía que yo no conocía el género y muchas veces me invitaba a su casa para mostrarme grabaciones de su colección de casetes: cantantes interpretando repertorio de distintas épocas y estilos, canciones en alemán, francés, italiano y también arias de ópera.

Todo ese mundo era completamente nuevo para mí y me parecía maravilloso. Pero hubo un momento muy claro que fue casi una revelación. La profesora Ivonne puso un casete de la cantante afroamericana Jessye Norman interpretando los Wesendonck Lieder de Richard Wagner.

Desde que escuché las primeras notas (de la orquesta y luego de la voz de Jessye Norman) sentí que algo me atravesaba profundamente. No entendía el idioma, porque estaba en alemán, pero la interpretación pasaba completamente por encima de esa barrera y llegaba directo al corazón.

En ese momento pensé: “Dios mío, yo quiero hacer esto. Yo quiero poder cantar como esta mujer”.

Curiosamente, no fue exactamente la ópera lo que me atrapó primero, sino el canto lírico a través de estas canciones alemanas. Después seguimos escuchando más repertorio y yo fui probando cosas con mi voz. Al darme cuenta de que ese repertorio empezaba a funcionar en mí, se fue volviendo una necesidad: una forma de dejar salir cosas que estaban dentro de mí y que yo ni siquiera sabía cómo expresar.

Con el tiempo entendí que esa semilla ya estaba ahí, pero necesitaba a las personas correctas para ayudarme a desarrollarla. Y tuve la fortuna de encontrar maestros que vieron ese talento y empezaron a acompañarme en ese camino.

DM: Buenaventura ha estado marcada por contextos sociales complejos. ¿Cómo influyó ese entorno en tu formación artística y en tu disciplina?

BG: Mi historia con el canto lírico realmente comenzó en Cali, cuando ya había terminado los últimos años del colegio. Yo no estaba buscando estudiar música ni canto lírico, pero de alguna forma, como digo siempre, siento que el camino ya estaba trazado.

En Buenaventura tuve pocos años de juventud antes de que todo esto comenzara a tomar forma, pero fue allí donde el canto llegó a mi vida. Siempre digo que el canto vino a mí como un regalo en uno de los momentos más difíciles de mi infancia.

Tenía aproximadamente once años cuando murió mi abuela materna. Ella era mi polo a tierra, mi amiga, mi confidente. A pesar de ser sorda, teníamos una comunicación muy clara y muy profunda. Cuando ella murió sentí que me quedaba en un mundo donde nadie hablaba el idioma que nosotras hablábamos, el único idioma en el que yo me sentía realmente en casa.

En ese momento también estaba viviendo situaciones difíciles: bullying en el colegio, mucha soledad y algunas tensiones familiares. Todo eso era un peso muy grande para una niña.

Recuerdo que me refugié en un cuarto de la casa donde casi nadie entraba: el cuarto de San Alejo, donde estaban las pinturas de mi mamá y los libros de matemáticas de mi papá. Ese era mi lugar seguro. Allí empecé a llorar la muerte de mi abuela. Pero en medio de ese llanto y de esos gemidos, de lo más profundo de mí empezó a salir una melodía, una melodía sin palabras.

Era como si mi propio dolor se estuviera transformando en música. Y desde ese momento el canto se volvió para mí un instrumento de liberación, de sanación y de expresión. A partir de ahí nunca dejé de cantar.

En Buenaventura yo cantaba sobre todo para mí. Muy pocas veces lo hacía en público, pero con el tiempo supe que otras personas de la familia me escuchaban desde distintos rincones de la casa.

Al mismo tiempo, el entorno en Buenaventura empezaba a cambiar. Yo era muy niña y lo percibía de manera indirecta, pero recuerdo que cada vez era más común que algunas personas del barrio dejaran de aparecer: vecinos, amigos con los que jugaba en la calle. Yo pensaba que simplemente se habían mudado.

Con los años entendí que mis padres sí sabían lo que estaba pasando. La violencia en Buenaventura comenzaba a acercarse cada vez más a nuestro entorno.

Por eso tomaron una decisión muy difícil: enviar a sus hijas a vivir a Cali cuando cumpliéramos catorce años. Primero se fue mi hermana mayor, Adriana, luego me fui yo, y después mi hermana menor, María. En ese momento la explicación fue muy sencilla: que en Cali tendríamos más oportunidades.

Mucho tiempo después, en conversaciones ya de adultos, entendí la razón real. Mis padres tomaron esa decisión para protegernos.

Así fue como llegué a Cali a los catorce años para terminar el colegio. Y poco después empezó toda esta historia que me llevó al conservatorio y al canto lírico.

Por eso diría que el entorno de Buenaventura no influyó directamente en mi formación en la ópera. Pero sí hace parte de mi historia y de todo lo que vino después.

DM: Existe la idea de que la ópera es una expresión artística reservada para élites. Desde tu experiencia, ¿qué responderías a esa percepción?

BG: Las artes son para todos. Son un regalo que nos ha sido dado a todos los seres humanos: la posibilidad de expresar la vida a través de los colores, de los sonidos, de la música, del movimiento. Y la ópera también hace parte de eso.

Durante mucho tiempo este género no fue parte cercana de nuestra cultura, pero en los últimos años en Colombia se ha hecho un trabajo muy importante gracias a artistas que han surgido desde distintos territorios del país.

Muchos nos hemos convertido, de alguna manera, en embajadores de la ópera dentro de nuestros propios entornos: en nuestras ciudades, en nuestros barrios, con nuestros amigos.

Muchas veces este género simplemente estaba esperando ser escuchado por oídos que nunca habían tenido la oportunidad.

Por eso creo que es importante que existan cada vez más espacios para que diferentes públicos puedan encontrarse con la ópera. Al final, la ópera habla de la vida misma. Es un espejo de nuestras realidades.

DM: ¿Sientes que tu trayectoria también ha sido una forma de ampliar el imaginario sobre quién puede habitar la ópera?

BG: Sí. Siento que parte de mi historia ha tenido el propósito de romper esquemas: esquemas mentales, sociales e incluso históricos.

De alguna manera era necesario que existiera una historia como esta viniendo del entorno del que yo vengo, y me siento muy honrada de haber sido escogida para abrir ese camino.

Pero también creo que esta historia no se trata realmente de mí. Se trata de las personas que pueden ser alcanzadas o inspiradas por ella.

Quisiera que quedara claro que sí es posible llegar lejos. Que algunos sueños pueden hacerse realidad, pero requieren muchísimo esfuerzo, dedicación, pasión y constancia.

Muchas veces el entorno no nos permite descubrir todo el potencial que llevamos dentro. Y por eso creo que historias como esta pueden servir como un llamado: recordarnos que somos portadores de algo mucho más grande de lo que a veces creemos.

DM: ¿Qué ha significado para ti ser una mujer colombiana, afrodescendiente, en escenarios que durante siglos no fueron pensados para esa representación?

BG: Ha sido un reto. Mi camino como cantante afrocolombiana y latinoamericana ha estado lleno de desafíos.

Ser la primera mujer lírica del Pacífico colombiano en llegar a ciertos escenarios es muy significativo, pero también soy consciente de que soy una más dentro de una larga lista de artistas afro alrededor del mundo que han estado abriendo camino en este género.

Durante mucho tiempo estos escenarios no fueron pensados para personas que se vieran como nosotros o que vinieran de nuestros contextos.

Nuestro trabajo muchas veces ha sido justamente ese: poner el pie para que la puerta no se cierre y, con disciplina y constancia, ayudar a que se abra cada vez más.

El camino sigue siendo difícil, pero hoy es un poco menos difícil gracias a quienes abrieron esas primeras puertas.

DM: ¿Cómo cuidas tu voz y tu salud mental en una profesión que exige un alto rendimiento constante?

BG: Para un cantante es indispensable cuidar la voz, pero también entender que el instrumento no es solo la voz: somos nosotros mismos. Todo el cuerpo es parte del instrumento.

Por eso es fundamental mantener un entrenamiento constante. En mi caso sigo estudiando con mi profesora de canto, practico mis ejercicios de técnica y siempre vocalizo antes de un ensayo o de una función. Esa disciplina es clave para sostener la carrera.

También es muy importante el cuidado físico. En muchos sentidos los cantantes somos como deportistas de alto rendimiento, porque esta profesión exige mucha resistencia, tanto física como mental. Hay que cuidar la alimentación, por ejemplo para evitar el reflujo que puede afectar las cuerdas vocales, mantener el cuerpo activo y fortalecer los músculos.

A mí me ayudan mucho las caminatas y mantener una rutina que permita que el cuerpo tenga la energía necesaria para estar horas en escena, moviéndose y cantando.

Pero el cuidado no es solo físico. También está la salud mental y emocional. En esta profesión estamos constantemente expuestos a opiniones, críticas y decisiones que muchas veces no dependen de nosotros. Aprender a manejar eso es algo que toma tiempo.

En ese sentido, el trabajo de psicólogos o terapeutas puede ser muy valioso para aprender a gestionar las emociones y los pensamientos que surgen en una carrera artística.

En mi caso, además, hay una dimensión espiritual que es muy importante. Procuro mantener una conexión muy profunda con Jesús y dejar que esa relación sea también una fuente de inspiración para mi arte.

Esa conexión me ayuda a mantener el equilibrio, a recordar que muchas veces las opiniones o decisiones en esta profesión no son personales, sino que responden a gustos, intereses o visiones distintas.

Para mí todo esto forma parte de un mismo cuidado: el técnico, el físico, el emocional y el espiritual. Mantener ese equilibrio es lo que me permite seguir creciendo y sostener mi camino como artista.

DM: Finalmente, ¿qué mensaje quisieras compartir con otras mujeres que sueñan con abrir su propio camino?

BG: Es maravilloso ver cómo cada vez más mujeres están descubriendo el enorme potencial que hay dentro de ellas y extendiendo sus alas, a pesar de todo lo que a lo largo de la historia ha intentado interrumpir, opacar o reprimir sus voces.

Las mujeres somos portadoras de una fuerza muy grande. Una fuerza gentil, pero profundamente poderosa: capaz de romper barreras, pero también de construir, de sanar y de crear donde antes parecía no haber nada.

Muchas veces esos dones se manifiestan simplemente en nuestra manera de caminar por la vida, en nuestra voz, en nuestra presencia, en el momento en que decidimos avanzar con determinación y con dignidad.

No se trata de violencia ni de comparaciones. Se trata de permitir que la verdad, la luz y el propósito que viven dentro de cada una puedan florecer.

Yo creo profundamente que cada mujer lleva dentro algo que fue sembrado para brillar: artistas, científicas, médicas, empresarias, exploradoras, mujeres que trabajan en todos los campos de la sociedad. Cada una es portadora de algo valioso que no está destinado a permanecer oculto, sino a iluminar lo que tiene alrededor.

Por eso mi mensaje es que sigamos adelante: valientes, amorosas y firmes. Esa es nuestra mayor fuerza. Una fuerza que no solo rompe obstáculos, sino que también construye y sana para que algo nuevo pueda volver a florecer.

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Poder hacer esta entrevista a Betty fue una experiencia maravillosa. Me recordó el poder que tenemos desde ser mujeres, desde ser colombianos, desde ser humanos que conectan a través del arte. Hace un año tuve una experiencia que me recordó exactamente eso.

Estaba en Buenos Aires y me moría por asistir a una función de ópera, Werther, en el Teatro Colón. Antes que nada, y muy a pesar de las recientes declaraciones de Timothee Chalamet, casi no logro conseguir boletas y me tocó en una ubicación lejísimos. El caso, mientras esperaba afuera del teatro en un restaurantico, terminé conversando con una pareja de adultos mayores sentados cerca de mí.

Charlamos un rato y, en medio de la conversación, me contaron con orgullo que su nieta estaba cantando esa noche.

Habían viajado para verla.

Mientras hablábamos nos fraguamos una pequeña conspiración: cuando ella llegara, yo fingiría ser una fan nerviosa y le pediría un autógrafo.

La idea les pareció maravillosa.

Y cuando finalmente apareció, lo hice.

Le pedí su nombre. Le pedí su firma.

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Hoy, después de haber conversado con Betty Garcés, entiendo mejor por qué esos momentos se sienten tan especiales.

Porque a veces el arte no solo ocurre en el escenario.

A veces ocurre en el instante en que descubrimos que esa voz, esa que parecía venir de un lugar lejano, también habla de nosotros. Y la opera es un escenario que nos conecta desde diferentes generaciones, desde diferentes asientos y elementos.

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