Maternidades invisibles: antes del latido
Hay una escena en Fleabag donde Claire, la hermana de la protagonista, tiene un aborto espontáneo en medio de una cena familiar. No es una escena fría, pero tampoco es el acto melodramático que yo habría escrito: no hay cama de hospital, no hay música para llorar, ni una pausa que marque el dolor. Lo que sí hay es un baño, una mujer que intenta mantener la compostura y una familia que no sabe qué hacer cuando llega una tragedia de repente.
El aborto espontáneo aparece poco en las películas o series. Y cuando lo hace, es como catalizador de otra cosa — el derrumbe de una pareja, el giro dramático que “justifica” el dolor posterior, el evento que explica por qué un personaje está roto. Un estudio de USC Annenberg Inclusion Initiative encontró que, entre las cien películas más taquilleras de 2023, el embarazo aparecía en el 65.4% de las representaciones, mientras que el aborto espontáneo aparecía apenas en el 1.2%. Y, sin embargo, se estima que hasta 1 de cada 4 mujeres puede llegar a perder un embarazo.
Yo supe de mi pérdida en una pantalla. Pero no en la de las grandes películas.
Fue en Bruselas. Mi esposo y yo llevábamos un año viviendo allá. Estábamos entregando el apartamento y haciendo las maletas para volver a Colombia, por ese embarazo: porque queríamos asentar la familia con los nuestros en Bogotá. Yo, para ese entonces, ya me sentía mamá. Ya hasta había comprado libros: uno sobre el embarazo y otro para niños en francés sobre Ulises. Los guardé en la mesita de noche como talismanes – subrayados mentalmente, como si prepararme para la maternidad fuera una forma de asegurarla. Mi cuerpo lo sintió desde la cuarta semana, mientras paseábamos por el sur de Francia, persiguiendo la pista de Fitzgerald en La Costa Azul y el arte de Cézanne en Aix-en-Provence. Ese cansancio particular, esa sensación de náuseas, esa sensación de ser dos, se mezclaba con el calor de principios de agosto.
Entonces, unas semanas después, fui a la ecografía de rutina.
Un aborto espontáneo silencioso se llama así porque muchas veces el cuerpo no avisa: no siempre hay cólicos o señales claras. El embrión deja de crecer, pero el cuerpo no lo expulsa. En cambio, sigue produciendo las hormonas del embarazo. Sigue creyendo, en cierto modo, que todo va bien. Se siente como una traición doble del cuerpo: primero la pérdida, y luego el silencio del propio cuerpo sobre esa pérdida.
En la pantalla de la ecografía vimos lo que el médico vio: un saco gestacional que se había detenido. Semanas de vida que ya no eran vida. Yo le decía, entre lágrimas que, si podía decirlo, otra vez, s’il vous plaît. Porque mi cabeza, aunque lo entendiera, no quería entender. Unos minutos después, el ginecólogo— amable y casi devoto de los procesos naturales- me dijo que esperara, que el cuerpo, a su tiempo, lo expulsaría solo. Diez días como mucho, dijo.
No pasó nada.
Entonces llegaron las pastillas. El misoprostol — el mismo medicamento que se usa para interrumpir un embarazo en curso y que aparece en el centro de debates políticos y morales — me lo recetaron para terminar algo que ya había terminado. Primera tanda. Nada. Segunda tanda. Nada. Mi cuerpo, que no me había avisado que perdía, tampoco quiso soltar. Como si ambos quisiéramos aferrarnos a la maternidad.
Durante más de un mes cargué adentro algo sin latido. No sabía cómo llamar el proceso todavía: era entre un duelo suspendido y un limbo biológico. El día después de llegar a Bogotá, solito, salió: sin pastillas y sin intervención quirúrgica, como si hubiera estado esperando a que yo volviera a casa.
Pensé mucho en eso después: en si el cuerpo sabe cosas que la mente no puede sostener, en sí esa resistencia era biológica o era otra cosa — un aferrarse que yo no sabía cómo nombrar. Sé que duró más de un mes, que lo viví sola en un idioma que no era el mío (y no lo digo únicamente por el francés) y que ninguna película, ninguna serie, ningún libro me había contado que esto podía pasarme así.
Pensé también mucho en las reinas.
A Ana Bolena se le han atribuido varias pérdidas, aunque la evidencia histórica es discutida. La más decisiva, en enero de 1536, fue el hijo varón que podría haberle salvado la vida, literalmente: cuatro meses después de la pérdida, la decapitaron. Catalina de Aragón tuvo también una historia obstétrica devastadora: múltiples embarazos, múltiples pérdidas, un hijo que murió a los pocos días y una sola hija que sobrevivió hasta la adultez.
La historia los registra como datos de dinastías, como fallas geopolíticas, como razones que Enrique VIII tuvo para deshacerse de sus esposas. Pero, ¿dónde está el duelo?
La reina Ana Estuardo — entre finales del siglo XVII y comienzos del siglo XVIII, la última Estuardo — tuvo dieciocho, según algunas fuentes. Dieciocho. Entre abortos espontáneos, mortinatos y bebés que murieron en horas, solo William, duque de Gloucester, llegó a los once años, y también murió. Ana gobernó un reino, firmó tratados, consolidó la unión de Inglaterra y Escocia y la historia la recuerda, si acaso, como “la reina sin herederos”. El dolor no tenía nombre entonces. O sí lo tenía, pero se guardaba en los archivos médicos de la corte — registrado por médicos varones como “evidencia de fecundidad”, no en ningún texto escrito por ellas.
Yo me pregunto si es que les dolía menos por lo que era tan común. Y si sufrían, ¿a dónde iba ese sufrimiento cuando no había espacio seguro para hacerlo? En muchas culturas— en la nuestra especialmente — ni siquiera se nombra. “Se perdió el embarazo”, dicen, en impersonal, como si hubiera sido un descuido. Como si uno pudiera recuperarlo como rescataba el saco del uniforme en la bodega de objetos perdidos.
La instrucción de esperar las doce semanas para contar el embarazo — que nació como un gesto de protección — se convirtió en una instrucción de silencio: aprende a querer en secreto. Pero, también, aprende a perder en secreto. A mí no me encantan los secretos, y quizás por eso estoy aquí contándolo todo.
Culturalmente, la maternidad se construyó durante mucho tiempo como destino y no como experiencia: una llegada casi obligatoria, y no un camino atravesado por deseo, miedo, cuerpo, espera y pérdida. Por eso, cuando ese destino se interrumpe, la cultura no sabe bien dónde ponerlo. No es que no sepa que ocurre sino que decidió volverlo privado, lejos de un lenguaje común. La maternidad solo se anuncia cuando ya está (o se cree) garantizada: fotos del baby shower, los videos del gender reveal, las ecografías en el perfil. Lo que no llega al final no se cuenta, y lo que no se cuenta parece no haber existido.
Pero para mí sí existió. Es más, las células de origen fetal se quedan en el cuerpo de la mamá durante décadas. Eso es lo que me decía a mí misma para sentir que, de alguna forma, mi bebé seguía conmigo. Y conmigo también se quedaron los libros en mi mesa de noche, el nombre con el que ya le hablaba a la barriga y las fotos de inspiración de los cuartos para empezar a decorar.
Quizás por eso me interesan tanto las escritoras que han intentado narrar la maternidad como un territorio menos luminoso de lo que la cultura y la historia permiten admitir. Esther Vivas ha insistido en que la maternidad necesita salir de la idealización para poder hablar también del cansancio, de la culpa, de la ambivalencia. Jazmina Barrera, en Línea nigra, escribe el embarazo desde adentro, desde un cuerpo y una identidad que cambian. Guadalupe Nettel, desde la ficción, ha narrado maternidades atravesadas por la incertidumbre, el miedo y formas de amor que no siempre se parecen a la imagen que nos enseñaron. No faltan madres en la cultura; falta que sus experiencias más incómodas dejen de ser la excepción y se vuelvan parte del relato común. Que no haya que ser escritora ni valiente para poder contarlo.
Nadie te dice lo que es quedar embarazada después de una pérdida.
El primer intento es una experiencia muy difícil de explicar, pues el cuerpo sigue recordando la sala de espera, el gel frío, los segundos antes de oír- o no- el latido. Y el deseo de ser madre, que antes era expansivo y lleno de ilusiones, ahora coexiste con la conciencia de lo que puede pasar, de lo que ya pasó. Hubo un momento en que hasta le dije a mi esposo que prefería no intentarlo, que quizás era mejor quedarse en el mundo anterior a los embarazos, donde la maternidad era todavía un sueño abstracto y bonito y no una promesa frágil, sostenida por una vida diminuta que a veces no alcanza a quedarse.
Ese pensamiento duró poco. Y ahora estoy embarazada de nuevo. De mellizos.
Y con los mellizos viene otra cosa que casi nadie sabe que existe: el síndrome del gemelo evanescente. Se estima que entre el 15% y el 36% de los embarazos gemelares pueden experimentarlo: uno de los embriones deja de desarrollarse y suele ser reabsorbido por el cuerpo. Y aunque hasta la semana 16 los dos seguían latiendo fuerte, todavía me tiemblan las manos cada vez que me pongo la bata blanca en el consultorio.
Lo que este embarazo me ha enseñado es que el miedo y la alegría no se turnan, y que el deseo vuelve, pero ya no vuelve inocente. Cada control médico trae las dos cosas al mismo tiempo: la anticipación de escuchar latidos -que es un sonido realmente mágico- y el recuerdo físico, casi muscular, de cuando la pantalla fue silencio. Esa convivencia entre la ilusión y el miedo no se cancela ni se resuelve, pues un nuevo embarazo no reemplaza al anterior, sino que viene cargando también su sombra.
Estoy segura de que Ana Estuardo y Ana Bolena lo sabían. Y las mujeres que ahora mismo están en una sala de espera de ecografía con el estómago apretado, rezando para que haya latido, también. El dolor no cambia. Lo que cambia es cómo hablamos del tema. Ojalá algún día la cultura aprenda a hacerle espacio a ese dolor sin convertirlo en tabú, estadística o tragedia secundaria, y ojalá entendamos que no todo lo que no nace desaparece. Algunas cosas se quedan: en el cuerpo, en la memoria y en la forma en que una mujer vuelve a crear vida. Eso también merece lenguaje.
