PROHIBIDO LEER ESTA COLUMNA -Agradecimiento a la censura-
Prohibir un libro es una curiosa manera de recomendarlo. La naranja mecánica, de Anthony Burgess. Harry Potter, de J. K. Rowling. Ulises, de James Joyce. El guardián entre el centeno, de J. D. Salinger. El cuento de la criada, de Margaret Atwood. El exorcista, de William Friedkin. Libros y películas que, en distintos países y momentos, alguien decidió que los demás no debían leer ni ver. Algunos fueron retirados de bibliotecas; otros encontraron restricciones para circular. Yo sí tengo que agradecer por la censura. Me dejó una biblioteca de desobediencias pendientes.
Los argumentos para algunas de las censuras merecen una lectura propia. En la Argentina de la dictadura, entre las objeciones contra La torre de cubos figuraba su «ilimitada fantasía». A Un elefante ocupa mucho espacio le atribuyeron una «finalidad de adoctrinamiento» y una preparación para la «captación ideológica del accionar subversivo». En el Reino Unido, el organismo de clasificación cinematográfica describió El salvaje como un «espectáculo de vandalismo desenfrenado» y lo mantuvo sin autorización de distribución general hasta 1967. Y eso sin contar a tantas mujeres que tuvieron que publicar anónimamente o bajo nombres masculinos para sortear los prejuicios y las puertas cerradas de un mundo que se resistía a leernos. Un libro podía imaginar demasiado; una película, volver demasiado atractiva la desobediencia; una mujer, atreverse a tener algo que decir. ¿Cuántas páginas hay que leer para terminar convencido de que la fantasía necesita un límite autorizado por el Estado?
A mí todo esto me recuerda a un amigo del barrio. En su casa estaban prohibidas cosas como Los Simpson, LinkinPark, Eminem, South Park y Harry Potter, porque una cosa era educar a un niño y otra permitir e entrara la brujería por la biblioteca. Había que mantener lejos a los magos, las groserías y, por supuesto, a esa familia amarilla que llevaba años haciendo quedar mal a las familias respetables. Lo que sus papás no sabían era que el man tenía todo un negocio de descargas por torrent. Conseguía capítulos de Los Simpson, películas y obvio también pornografía. Aprendió de sistemas, de formatos, de cómo quemar un CD y venderlo. Lo prohibido circulaba por su colegio y por el barrio, convertido en discos que otros niños querían conseguir a 1,500 pesos (una fortuna para ese entonces). Misterioso, clandestino, irresistible. A los doce años, mi amigo tenía clientes para todo aquello que sus papás creían haber sacado de su vida exitosamente. Siempre me he preguntado si, de haberlo dejado reírse tranquilo con los chistes de Matt Groening (creador de Los Simpson), habría montado semejante emporio de contenido prohibido. De pronto solo habría sido otro niño viendo televisión después de hacer las tareas. Pero le dijeron que no podía mirar y terminó aprendiendo hasta cómo distribuirlo.
Los seres humanos somos animales curiosos y contradictorios. Podemos pasar meses sin interesarnos por algo y empezar a necesitarlo en cuanto alguien nos dice que no tenemos permiso. En 1975, los psicólogos Stephen Worchel, Susan Arnold y Michael Baker encontraron que censurar una comunicación aumentaba el deseo de conocerla. Su artículo habla de un «increased desire to hear the communication»: un mayor deseo de escuchar el mensaje. El resultado tiene condiciones y excepciones, pero reconoce algo que mi amigo parecía haber descubierto sin leer una sola revista de psicología: a veces la prohibición hace la publicidad.
La historia también conoce ese negocio. Robert Darnton estudió el comercio clandestino de libros en la Francia anterior a la Revolución: textos que circulaban por fuera de los canales permitidos, entre ellos literatura política, sátira y obras sexuales. Mucho antes de los torrents ya había personas consiguiendo lo que la autoridad quería mantener fuera de su alcance. Cambiaron los soportes, las rutas, los escondites. Persistió la pregunta: ¿qué tendrá eso que tanto les molesta que lo lea?
Claro que hay un costo que ninguna ironía alcanza a devolver. Hay autores que han perdido su país, lectores que han aprendido a esconderse (por favor léanse Antes que anochezca de Reinaldo Arenas y cómo el castrismo le quitó hasta la risa a los cubanos después de la revolución) y obras que no llegaron a quienes las necesitaban. La censura también consigue silencios. Por eso mi agradecimiento tiene rabia: pienso en todo lo que hemos tenido que inventar para atravesarlos.
La creatividad también crece en esa terquedad. En alguien que mira el límite y se pregunta cómo cruzarlo. En una mujer que se cansa de pedir la palabra. En quien encuentra una parte de su vida tachada de la historia y decide escribirla, aunque tenga que empezar por el margen.
Entonces sí: sigan censurando.
Por cada libro que censuren, escribiremos otros diez sobre el mismo tema. Nos repartiremos las preguntas, los cuadernos, las ganas. Que nos quiten los espacios a las mujeres: nos encontrarán más unidas, más organizadas, más dispuestas a abrirlos para las que vienen detrás.
Que nos digan de qué temas no hay que hablar y saldremos a escribir poesía sobre lo prohibido. Que arranquen los pedazos de la historia que les incomodan y quiten cuadros de las paredes que abriremos más museos, más archivos, más espacios donde escuchar a quienes la vivieron. También a las que limpiaron la sangre, buscaron a sus hijos y tuvieron que seguir viviendo cuando los vencedores ya habían terminado de escribir su versión.
Que sigan tachando frases en los medios y seguiremos abriendo cuentas, sumando lectores, buscando cómo llegar a quien todavía no nos escucha. Que sigan quitando canciones de la radio y nos reuniremos a cantarlas a grito herido, aún más fuerte, hasta que la letra se nos quede en la memoria como nos enseñó Bradbury.
Que nos sigan censurando. Nosotros seguiremos siendo más rebeldes. Aprenderemos de libros, de leyes, de archivos; aprenderemos a guardar una copia, a sostener un espacio, a acompañar a quien tenga miedo. Y cuando crean que por fin nos han enseñado a callar, habrá alguien (muchos) leyendo en voz alta todo lo que nos quisieron borrar.
