La justicia de leer a Marvel Moreno

chatgpt image 6 ago 2026, 11 06 36

Leer es un ejercicio hermoso, pero también político. Hay libros y escritores que nos cambian la manera de mirar el mundo y, a veces, de mirarnos a nosotros mismos. A mí me pasó con Marvel Moreno. La leí primero como lectora y después empecé a estudiarla. Y mientras más volvía sobre su obra, más entendía que aquello que sus personajes, sobre todo sus mujeres, vivían como intimidad, familia, deseo o destino, estaba atravesado por el poder y la opresión. Moreno escribió sobre mujeres a las que una sociedad les había enseñado cómo ser, qué desear y qué callar. Por eso, para mí, leerla también es un acto político: no porque sus libros nos digan qué pensar, sino porque nos permiten revisar nuestra propia biografía y nuestro devenir histórico como mujeres.

Pero antes de hablar de por qué creo que hoy le debemos justicia literaria, quizá hablemos de quién fue Marvel Moreno. Fue una escritora barranquillera nacida en 1939, en el barrio El Prado y en el seno de una familia de la élite de la ciudad. Fue reina del Carnaval, estudió Economía y fue la primera mujer admitida a esa carrera en la Universidad del Atlántico. Vivió entre Barranquilla y París, se relacionó con algunos de los escritores y artistas más importantes de su tiempo y terminó haciendo de la literatura el lugar desde el cual pensar, con una lucidez extraordinaria, aquello que su época prefería no mirar: el deseo de las mujeres, el matrimonio, la sexualidad, las diferencias de clase, la familia, la religión y las formas en que una sociedad nos dictamina quiénes debemos ser.

Ahora, en este caso hablemos de la mujer que decidió no dejarse explicar por los hombres: la niña que discutió con las monjas hasta ser expulsada del colegio por defender el darwinismo; la joven que rompió con la religión, la política y los dogmas que consideraba amenazas contra la libertad; la lectora de Virginia Woolf; la mujer que hizo de la libertad no solamente un tema literario, sino una manera de estar en el mundo.

Yo leo a Marvel desde ahí: desde los ojos de una feminista, literata y filósofa que no puede separar la belleza de su escritura de la profunda apuesta política que hay detrás de ella. Porque Marvel nunca necesitó llamarse feminista para escribir sobre la libertad de las mujeres. No quiero convertirla retrospectivamente en algo que ella no dijo ser, pero tampoco quiero dejar de leerla desde las preguntas que el feminismo me ha enseñado a hacer.

En Algo tan feo en la vida de una señora bien, uno se encuentra con la manera en que una sociedad puede educar a una mujer para convertirse en aquello que los demás esperan de ella. Pienso en Laura de Urueta y en tantas mujeres de la obra de Marvel que viven bajo la presión de cumplir con un destino preestablecido: la familia, el matrimonio, la religión, la clase social y las apariencias. Mujeres a las que se enseña desde niñas a ser buenas, decentes, obedientes, deseables, esposas, madres. Y quizá por eso resuena tanto una de las ideas que Marvel dejó en una entrevista con Jacques Gilard: “denunciar la opresión que ejerce sobre una niña, es denunciar la opresión en general”. No importa que esa niña haya nacido burguesa o haya muerto en las aguas del Caribe. La opresión sigue siendo opresión.

Marvel no pasó de agache ante esa realidad. Pasó buena parte de su vida tratando de escapar de cualquier definición que pudiera convertirse en una jaula. Su literatura fue afinándose alrededor de preguntas sobre lo femenino, la sexualidad, el deseo, lo político y

el psicoanálisis, pero también alrededor de una preocupación que atraviesa toda su obra: la libertad. Quizás por eso, cuando me preguntan por qué leer a Marvel es un acto poético, artístico, liberador y político, pienso que las cuatro cosas están profundamente relacionadas. Poético, porque consiguió convertir la intimidad en una pregunta universal; artístico, porque hay en su obra una exploración de la memoria, el deseo, la ciudad, los cuerpos y aquello que las personas callamos; liberador, porque leerla permite imaginar que las mujeres podemos ser otras cosas distintas de las que nos enseñaron que debíamos ser; y político porque ninguna de esas preguntas es inocente. Hablar de quién puede desear, quién puede decidir, quién puede escribir y quién tiene derecho a contar su propia historia es hablar de libertad y de poder.

Por eso también me importa la historia editorial de Marvel. Porque la historia de cómo hemos llegado a sus libros y de cómo sus libros han llegado hasta nosotros es también una historia de búsqueda, disputa y resistencia. Su literatura, que tantas veces habla de mujeres a las que intentan silenciar, tuvo que luchar para llegar hasta nosotros. Algo tan feo en la vida de una señora bien, publicado en 1980, apareció con pasajes omitidos y modificaciones; En diciembre llegaban las brisas también tuvo dificultades de circulación y apareció con mutilaciones; y El tiempo de las amazonas, que Marvel comenzó a escribir en 1990 y terminó en 1994, tuvo que esperar hasta 2020 para ser publicado.

En esa historia aparece Plinio Apuleyo Mendoza, su primer esposo, escritor y editor, y también una figura con capacidad de intervenir sobre la circulación de su obra. Plinio murió hace pocos días y no me interesa convertir su muerte en un juicio sobre una relación que fue, como todas, compleja. Pero sí me interesa hablar de poder. Porque hay una parte de la historia de Marvel que todavía incomoda: los derechos sobre su obra y sus publicaciones que permanecieron durante años en manos de Apuleyo, y allegados a la escritora han sostenido que la representación de su ex esposa en la novela influyó en que permaneciera archivada.

Y vale mencionarlo porque Plinio fue también una suerte de censor de Marvel: un hombre que tuvo capacidad de intervenir sobre aquello que podía llegar a los lectores y aquello que debía esperar. Sostenía que las novelas tenían problemas de escritura y de fondo que debían ser corregidos. ¿Y quién los corregiría si Marvel murió en 1995? para saber que durante años juzgaba la escritura de ella y la coartaba porque “decía cosas que no debía decir” pero que me atrevo a pensar, eran un asunto de competencia contra ella y no por ser su corrector de estilo. Pues varias veces le advertía a Marvel que no escribía bien o que no sabía desarrollar los temas, cuando lo que sus lectores y lectoras hemos encontrado, ha sido todo lo contrario.

Ahora, otra pregunta en el caso de Marvel ¿quién decide cuándo una escritora está suficientemente terminada, suficientemente corregida o suficientemente buena para que podamos leerla? La pregunta me importa todavía más porque estamos hablando de Marvel Moreno, una mujer que hizo de la libertad una de las preocupaciones centrales de su literatura y de su vida.

Y aquí aparece, para mí, la idea de justicia literaria. No como una forma de canonizar a Marvel ni de convertirla en un canon feminista, sino como una pregunta por las condiciones que hacen que una obra pueda ser leída. ¿Quiénes tuvieron derecho a ser publicados una y otra vez? Los hombres ¿A quiénes les perdonamos sus contradicciones, sus excesos, sus obras imperfectas? Alos hombres ¿A quiénes les permitimos ser discutidos, criticados, releídos y reinterpretados sin que eso ponga en duda su lugar en la

literatura? A los hombres ¿Y qué ocurre con las escritoras que tuvieron que luchar incluso para que sus textos llegaran completos a sus lectores? Desaparecen.

Por eso quiero que Marvel Moreno circule. No porque crea que deba decirle a nadie qué tiene que leer. La literatura no funciona así. Los libros no son instrucciones para la vida y tampoco quiero convertir a Marvel en una obligación académica, feminista o cultural. Quiero que circule porque creo que nos hace falta. Quiero que pase con ella lo que hemos hecho con tantos autores hombres: que no sean solamente sus admiradores o las feministas quienes la lean. Que la lean los grandes lectores de literatura. Que la discutan, la critiquen, encuentren sus contradicciones, cuestionen sus personajes y vuelvan sobre sus libros desde nuevas épocas. Que pueda ser amada, pero también discutida. Que pueda ser estudiada.

Que llegue a los colegios, a las universidades, a los clubes de lectura, a las bibliotecas y a esas conversaciones que empiezan cuando alguien recomienda un libro. Que deje de ser una escritora de culto para unos pocos y pueda ocupar el lugar que merece en la conversación literaria colombiana. Que sus libros sean reeditados, investigados, enseñados, discutidos y, sobre todo, leídos. A eso le llamo justicia literaria.

Porque hacer justicia literaria es poner a Marvel Moreno cerca a los lectores y lectoras. Es permitirle entrar a la conversación literaria con la misma libertad con la que hemos leído a tantos hombres de su generación. Hacerle justicia es darle el derecho a ser una escritora completa, contradictoria, brillante, incómoda, discutible y viva.

Marvel murió en París en 1995 sin conocer buena parte del reconocimiento que su obra alcanzaría después. Su última novela, El tiempo de las amazonas, escrita entre 1990 y 1994, tuvo que esperar hasta 2020 para ser publicada. Sus libros conocieron el silencio, la censura, la dificultad y el olvido. Y, sin embargo, aquí estamos. Leyéndola. Volviendo a ella. Preguntándonos por sus mujeres, por sus deseos, por sus contradicciones, por Barranquilla, por la libertad.

Yo cada vez estoy más convencida de que una de las mejores formas de querer a una escritora es no dejar que otros hablen por ella. Leerla y releerla; cuidar sus libros, discutirlos y hacer que lleguen a más personas para que sus lectores encuentren en Marvel lo que necesiten encontrar. En mi caso, encontré a una mujer que hizo de la literatura una manera de pensar la libertad. Una escritora que consiguió escribir sobre las mujeres sin reducirlas a víctimas ni convertirlas en heroínas perfectas, sino dejándolas ser contradictorias, deseantes, inteligentes, incómodas, libres. Por eso sigo volviendo a Marvel Moreno. Leerla ha sido, para mí, una forma específica de vivir.

Y hacerle justicia literaria es darle el lugar que merece en la historia de la literatura.

1 “Escritora maldita” alude a una trayectoria marcada por la disidencia y por las dificultades de censura, publicación, circulación y reconocimiento que atravesó su obra.

 

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