Junio, y mi opinión vuelve al clóset

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Que la cultura sobreviva a esta transición

Hay un mes en el que mucha gente, después de años de miedo, por fin encuentra el valor de salir. Junio. Y aquí estoy yo haciendo exactamente lo contrario.

Lo que me tiene así es sencillo: las afirmaciones de que el Ministerio de Cultura se va a acabar. Que sobra. Que es burocracia. Que en un Estado más pequeño cabe apenas como un viceministerio cualquiera, diluido dentro de una cartera más grande, pegado a educación o a lo que sea.

Quiero hablarle directamente al presidente electo y a su equipo, a la gente que en estas semanas está armando el gobierno que viene. Con respeto, y sin la trinchera con la que en este país se discute hasta el clima.

Empiezo por algo que a veces se olvida en medio del ruido: el Ministerio de Cultura no cayó del cielo ni fue el capricho de un solo gobierno. Lo creó la Ley 397 de 1997; es decir, fue una construcción del Congreso, de nuestra rama legislativa, debatida y votada por representantes de muy distintas orillas. Y la idea de la cultura como economía tampoco nació de la nada: la escribieron economistas lo apoyo el BID banco interamericano de desarrollo, la apoyó Iván Duque en un libro, años antes de ser presidente, y después, ya en la Casa de Nariño, la convirtió en ley y en bandera. En su gobierno, un gobierno uribista, la cultura no fue un adorno ni un gasto del que había que deshacerse: fue un pilar del crecimiento del país. La Ley Naranja, los incentivos tributarios, las áreas de desarrollo naranja: todo eso salió de ahí, y todo eso, además, pasó por el Congreso.

¿Y para qué sirvió? Para demostrar, con datos del DANE y no con discursos, que las industrias culturales y creativas pesan alrededor del 3 % del producto interno bruto. Más que el café. Más que la minería. Cerca de 600.000 empleos. Eso no es poesía: es PIB.

Por eso me cuesta tanto entender que ahora se hable de la cultura como si fuera un lujo del que el país puede prescindir apenas toca apretarse el cinturón.

Somos el país de la música, de los 30 años de Rock al Parque, del teatro que llena salas en Bogotá y también en pueblos donde no hay casi nada más, de un cine que por fin empezó a ganar afuera, de una música que se exporta y que la gente baila al otro lado del mundo sin saber muy bien de dónde viene. Nada de eso apareció solo. Detrás hay treinta años largos de gente peleando: por una ley, por un presupuesto, por una sala que no se caiga, por una convocatoria que alcance a llegar a un municipio que el resto del Estado ya olvidó.

Lo único que pido, lo único es que esta transición blinde esa institucionalidad. Y que quede claro de entrada: en ningún caso desconozco el resultado de las urnas ni el ejercicio democrático que llevó a este gobierno hasta donde está. Esto no es una trinchera ni un reclamo de perdedor. Es, simplemente, una preocupación. Las visiones pueden ser distintas; deben serlo, para eso hubo elecciones. Le pido que no confunda austeridad con cercenamiento. Que si va a reducir el Estado, eso no se lleve por delante una de las pocas economías que en este país sí crece, sí emplea y sí nos pone en el mapa. Un viceministerio sin presupuesto, escondido dentro de otra cartera, no es ahorro. Es botar una ventaja que ya teníamos en la mano.

Y déjenme decir algo que, de verdad, me dio algo de tranquilidad. Cuando el presidente electo dijo que iba a gobernar para todos, me agarré de esa frase. Quiero creerle. Ojalá esto el ministerio, la cultura, este miedo a opinar sea una de las primeras oportunidades para demostrarlo: para bajarle a la polarización, para que pensar distinto deje de sentirse como un riesgo y vuelva a ser, simplemente, parte de la conversación de un país en el que quepamos todos.

Ojalá me equivoque y nada de esto pase. Ojalá dentro de cuatro años esté escribiendo lo contrario, con mi nombre completo y sin miedo a que pensar distinto me cierre puertas.

Mientras tanto, en el mes en que tanta gente reúne el valor para salir, yo guardo lo que pienso. Vuelvo al clóset. No por vergüenza: por miedo. Y que un artista tenga que esconder lo que piensa sobre la cultura, en este país y justo en este mes, debería incomodarnos a todos aunque sea un poco.

— Un ciudadano de centro, preocupado por la cultura.

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