Jamás hemos oído a una mamá indiferente a su maternidad. No importa cómo llegó, no importa si fue buscada o sorpresiva, si fue fácil o imposible: atravesar el proceso de ser mamá de un ser humano divide la vida en un antes y un después, sin excepción, sin matices, sin vuelta atrás.
La maternidad, como todos los grandes conceptos a través de la historia, se ha convertido en discurso. Hay quienes dicen que somos la primera generación que no tiene hijos porque “es lo que se hace”, sino desde la conciencia, desde la elección. Y puede que sea verdad.
Sin embargo, incluso en esta era de supuesta libertad y maternidad elegida, seguimos cargando una narrativa profundamente romántica sobre lo que significa ser mamá. Desde los pactos sociales históricos donde a las mujeres se les premiaba por procrear y se cuantificaba su valor según su fertilidad, hasta los relatos más contemporáneos sobre el propósito que se encuentra en la maternidad o sobre completar, por fin, el rol de ser mujer. El cuento bonito ha tenido muchas versiones, pero sigue siendo el mismo cuento.
La realidad, sin importar quién la encare, y sin contemplar el privilegio, la raza, el modelo de familia o el apoyo con el que se cuente, es que este es un rol profundamente complicado.
La mayoría de mamás que conozco aman lo que son. A mí me ha parecido la experiencia más significativa y profunda de mi existencia. Pero jamás quisiera romantizarla ni descomplejizarla, porque hacerlo sería una traición: a mí y a todas las que están en esto.
Ser mamá es putamente difícil. Amar a un ser externo de una forma tan nueva, tan descolocada, tan sin manual, es una experiencia llena de contradicciones que no caben bien en ningún lenguaje que ya conozcamos. El cansancio (que llega en cualquier momento de la maternidad, no solo al principio), el miedo y la culpa, la bendita y constante culpa, son los compañeros incansables de este proceso humano. No es fácil ser mamá. Nunca lo ha sido. Pero con tantas nuevas narrativas, con supuestas libertades y tantas opciones y opiniones y estudios y expertos y redes sociales llenas de madres perfectas, se siente como un rol imposible de habitar sin sentirse insuficiente.
Por eso es importante, y es valiente, ver, mostrar y contar la maternidad como un todo. No como un cuento fantástico del que solo despertamos en silencio, por las noches, cuando nadie nos oye llorar encerradas en el baño (si, casi todas hemos estado ahí), hablando con las amigas más íntimas o en esos sueños interrumpidos que ya no terminan de ser sueños.
Es tan importante des-romantizar la maternidad como acompañarla para que el proceso sea profundo y sea tan hermoso como puede serlo cuando se mira de frente y hasta el fondo. Es por esto que quiero resaltar esas narrativas, esas voces e historias que se atreven a contar el cuento completo de maternar. Esta es la cultura que está des-romantizando la maternidad para convertirla en algo profundamente real.
La lectura — Un trabajo para toda la vida, Rachel Cusk
Rachel Cusk es una de esas voces que se lee y no se olvida. La quisieron cancelar, la intentaron funar por ser honesta, pero su escritura sobrevivió porque dice bien duro lo que muchas piensan en voz baja. En Un trabajo para toda la vida habla del primer año de su primera hija: de cómo la rompió de amor y al mismo tiempo la enfrentó a un mar que no sabía que podía existir. No hay heroísmo fácil en sus páginas. Hay una mujer mirando de frente algo que la transforma y la desestabiliza al mismo tiempo, y escribiéndolo con una honestidad que duele y alivia en la misma frase.
La película — Hamnet (2024)
Hamnet (basada en el libro de su mismo nombre) no es una película sobre la maternidad en el sentido obvio, pero es quizás una de las representaciones más honestas que existen sobre lo que significa traer vida al mundo sabiendo que esa vida no le pertenece a una. Ser mamá está cargado de amor, sí, pero también de dolores que no tienen nombre fácil. Traer vida implica el riesgo de la muerte: la del hijo, la de una misma, la de quien se era antes, y la certeza de que nunca se vuelve a la vida anterior. Hamnet lo muestra sin delicadeza y sin sentimentalismos baratos, y eso es un regalo.
El canto — Landslide, Fleetwood Mac
Si hay una canción que me acompañó en el proceso de duelo que atraviesa la maternidad (porque sí, hay un duelo, aunque nadie lo nombre así) ha sido Landslide de Fleetwood Mac. Stevie Nicks nunca fue mamá, y quizás por eso pudo ver con tanta claridad las emociones profundas y dolorosas que viven en las relaciones que más nos transforman. A mí me acompañó en ese momento específico en que un hijo crece contigo y de repente entras a su adolescencia sin mapa, mirando cómo la montaña de nieve que construiste juntos empieza a moverse sola. Hay canciones que no explican una sola relación, sino que acompañan. Esta es una de ellas.
La pintura — Mis abuelos, mis padres y yo, Frida Kahlo
En la pintura, las imágenes clásicas de la maternidad están casi siempre relacionadas con la Virgen María o con cuadros hermosos y solemnes como Las tres edades de la mujer de Klimt. Pero hay un cuadro que vi una vez y que me impresionó y conmovió de una forma que no esperaba: Mis abuelos, mis padres y yo, de Frida Kahlo. Porque en él no hay romanticismo fácil: hay reconocimiento de la complejidad. El reconocimiento del legado profundo de procrear, de los cordones visibles que nos conectan a quienes vinieron antes y a quienes vendrán después, y de las jerarquías que se entrelazan con los sentimientos sin que podamos hacer nada al respecto. La maternidad no empieza cuando nace un hijo. Empieza mucho, mucho antes.
La comida — La cocina de mi mamá
Ser mamá cambia también la sazón. Hay comidas que se sienten, que cargan memorias y significados que no se pueden explicar del todo. La imagen de la mamá que cocina milimétrico, natural y perfecto es un rol tan imposible como todos los demás roles imposibles que nos hemos inventado. Por eso lo que queremos rescatar son las recetas reales: las que tienen la profundidad de sabores de cocinas empíricas, aprendidas a ojo y a prueba, sin recetario ni medidas exactas. Las que huelen a casa aunque la casa haya cambiado. Mi mamá cocinó así toda la vida, con esa sabiduría que no se enseña sino que se hereda y que mezcla sus raíces colombianas y españolas y que eran el centro de nuestros amigos, nuestras familias, la casa donde se comía más rico. En algún momento decidió convertir esos platos en un emprendimiento de catering. Cómo haciendo un oficio lo que siempre fue amor.
Para cerrar, porque no estamos solas
Este es un homenaje a las madres reales. A las voces imperfectas, cansadas, desbordadas y profundamente humanas. A las que lloran en el baño y al día siguiente vuelven. A las que aman con una intensidad que no cabe en ningún adjetivo conocido y aún así sienten que no es suficiente. A las que encuentran en un libro, una canción, un cuadro, un plato de comida, el reflejo de algo que no sabían cómo nombrar. También a las artistas valientes que nos acompañan en esta experiencia compleja y profunda que es maternar.
En el arte y en la cultura nos encontramos las unas a las otras. Y cuando eso pasa, cuando una voz dice en voz alta lo que tú cargabas en secreto, en silencio, la maternidad deja de ser una experiencia solitaria para convertirse en algo compartido. En algo que nos contiene a todas, con todo lo que somos: el amor, el cansancio, la culpa, la belleza, el miedo, y esa cosa inexplicable que nos quiebra de maneras que jamás hubiéramos imaginado antes de vivirla.
La maternidad no es una sola cosa. Y a todas nos rompe de formas distintas. Pero aquí estamos, juntas en eso.
