No es necesario hacerlo todo solas

La escritora colombiana nos habla de su novela «Esa soy yo», una historia íntima y directa sobre el cuerpo, la identidad y las decisiones que se toman cuando el mundo no te da opciones.

no es necesario hacerlo todo solas.

Narrar lo que se habita, lo que duele, lo que se calla. Contar el cuerpo con sus memorias, sus placeres, sus cicatrices. Mirar lo que fue, repensar lo que se ha dicho que es y trazar una ruta hacia lo que debería ser. Eso hace Ángela Falla con sus libros.

Esta escritora, abogada y feminista colombiana ha dedicado gran parte de su vida al activismo por los derechos y libertades de las mujeres en el país. Y allí sus novelas son instrumentos valiosos, altavoces para hablar de identidad, deseo, violencias y sororidad. Luego de «Sexópolis: historias de mujeres y sexo», «Estereotipadas» y «Entrelazadas», Falla publica en 2026 «Esa soy yo», el relato de Juliana, una mujer que se ve arrinconada por las cuentas, el hambre y la falta de oportunidades, y encuentra en el mundo webcam una opción para sobrevivir, un espacio que la lleva a entenderse y mirarse de un modo distinto.

“En mi trayectoria como escritora siempre he hablado del cuerpo, pero con esta novela empecé a hacerme más preguntas sobre el deseo”, comenta Falla. “Hice un trabajo de campo en el que conversé con mujeres que están en la industria webcam y aprendí mucho de la forma en la que perciben su cuerpo y lo que les sucede al ser vistas, incluso en esas circunstancias… Una de las ideas que tomó más fuerza fue la de que los seres humanos necesitamos que, bajo el deseo, otras personas nos validen. Eso me confrontó porque me amo, me gusta verme al espejo, disfruto mi desnudez, pero entendí que sentirme deseada por alguien más me llena de otras formas”.

El libro aborda la manera en la que el capitalismo y el patriarcado han convertido al cuerpo de la mujer en un producto explotable sexualmente, uno por el que hay una oferta latente que se hace clara hoy en día en los avisos pegados en los postes de un barrio cualquiera con la promesa de una buena paga.

Sobre esto, Falla apunta que “muchas mujeres eligen vender su cuerpo porque no encuentran otra salida, porque la sociedad las empuja hacia allá. Y hay que hablar de esa realidad porque está presente, porque el trabajo sexual ha existido durante toda la historia de la humanidad. Aunque quisiéramos, no podemos eliminarlo de un día para otro, sino que debemos pensar primero en cómo garantizar a las mujeres que hacen parte de ese negocio sus derechos, porque ellas se ven atrapadas en entornos que las vulneran, en donde pisotean sus libertades, su integridad. Necesitamos legislar al respecto”.

Y esta conversación no llega solo con lo que vive Juliana, sino también con lo que han vivido sus compañeras de trabajo. Experiencias de todo tipo; unas aberrantes y dolorosas. “Hay un caso que quedó en la novela y que expone la explotación sexual infantil. Todo el tiempo vemos noticias al respecto, pero parece que no nos pasa nada ante eso y debería pasarnos, debería preocuparnos. Como sociedad tenemos volcarnos en proteger a las niñas, niños y adolescentes, en cuidarles y salvaguardar sus derechos. La realidad siempre supera a la ficción y lo que cuento en el libro es solo la punta de todo lo que sucede alrededor… En esa industria se manejan mierdas muy fuertes: esclavización, segregación, violencias de muchos tipos”, advierte Falla.

Sin embargo, la lectura deja claro que hay un propósito mayor para la autora y es darle voz a Juliana, humanizarla y narrarla más allá de las jornadas en las que se para frente a una cámara para satisfacer necesidades a cambio de propinas.

Ángela Falla cumple con este objetivo y nos presenta a una mujer con todos sus matices; con sueños, miedos, deseos y heridas. “Juliana fue lastimada por exparejas, algunos de los que consideraba amigos la traicionaron, sus papás murieron y ella se alejó del resto de su familia porque era lo más sano. Esto la convirtió en alguien muy desconfiada, que creyó que debía solucionar todo por su cuenta y que era mejor huir antes de sentir. Juliana se autosabotea constantemente y quería hablar al respecto porque es algo que nos pasa a todas”.

Lo anterior abre la puerta hacia una de las problemáticas más latentes en la sociedad actual y es que, a pesar de vivir hiperconectados, nuestra actividad parece más individualizada que nunca.

En relación con esto, Falla comenta: “nací y crecí en una familia que procuraba que fuéramos muy independientes y yo toda la vida traté de hacer eso en todas partes; en lo profesional, en las relaciones interpersonales, en los amores. Cuando empecé a trabajar con mujeres y con derechos humanos, siempre les recalcaba la importancia de las redes de apoyo y cómo estas podían ayudarles a salir de círculos de violencia. Yo, que era la señora independencia y que no necesitaba ayuda, hablándole a mis alumnas de círculos de apoyo… Hasta que llegó un momento en donde mi salud mental me hizo buscar ayuda, me hizo decirme que no podía sola, que necesitaba a alguien. A partir de eso empecé a pensarme de otra manera, a entender que no es necesario hacerlo todo solas, que es válido alzar la mano y que yo también puedo ser de apoyo para otras personas”.

«Esa soy yo» es también una carta de amor a Bogotá. Juliana describe el sector en el que ama vivir, las tiendas de barrio en donde se sienta a tomar una cerveza con algún vecino, las paredes con mensajes garabateados que conversan con ella, y los olores y las voces que se elevan sobre los laberintos de cemento de una metrópoli que no se detiene, que es inclemente; una de la que hace parte.

“Soy una enamorada de Bogotá”, confiesa Falla. “Yo hacía los mismos recorridos que hacía Juliana y también me hacía las mismas preguntas que ella: ¿cuántas historias cuentan estas paredes?, ¿cuántas historias han ocurrido en estas calles? Amo caminar por la Candelaria y pensar en eso. Simplemente tenía que hacer más protagonista a Bogotá en esta novela. Fue mi forma de saldar una deuda con ella”.

Y es viendo a esa Bogotá a través de su ventana cuando Juliana se ríe fuerte y pone en Spotify «Tu vida, mi vida» de Fito Páez. “Yo escribo aquí en mi habitación, el mundo arde allí afuera”, dice un fragmento de la canción que ella siente como suyo y que parece que el argentino escribió inspirándose en la propia Ángela Falla.

“El segundo piso del apartamento donde vivo es como un nidito que me recuerda a la buhardilla de «La historia sin fin»”, cuenta la escritora. “Es un rincón en donde se apaga el ruido del mundo y puedo disfrutar del silencio, un lugar chiquito en donde soy ajena a lo que pasa afuera. Es mi lugar y el de mi gato que viene a vigilarme cada tanto y a pedirme comida mientras estoy sentada escribiendo”.

Falla sonríe al hablar de esto. Tiene muy claro lo que escribir representa para ella y no quiere dejar de hacerlo. “La escritura me permitió hacer catarsis, me llevó a moverme, a estructurarme, a encontrar una forma de sacar lo que quería comunicar. Escribiendo me convertí en una mujer más consciente. Quizá pueda decirle a Virginia Woolf que sí tengo mi habitación propia en donde puedo ser yo, en donde puedo escribir cosas que también ayudan a otras. Eso me hace feliz. Que una lectora me diga que mis libros la ayudaron a salir de un círculo de violencia, a verse desde otro lugar, a reivindicar su cuerpo, a disfrutar su sexualidad. Eso hace que mis días grises ya no lo sean. A mí la escritura me salvó la vida”.

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