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¿Quién está leyendo hoy (y quién no)? Radiografía incómoda del lector contemporáneo

lectura y recomendaciones en rojo

Hay una pregunta que parece simple, pero que es profundamente incómoda: ¿quién está leyendo hoy? No quién dice que lee. No quién compra libros para exhibirlos. No quién suma pendientes en Goodreads como quien acumula buenas intenciones; sino quién lee de verdad, quién se sienta frente a un texto —cualquiera— y se queda ahí, sin escapar, sin deslizar el dedo, sin buscar otra cosa.

Responder esa pregunta la obliga a desmontar una ilusión: la de que vivimos en una sociedad lectora. No es cierto. Probablemente nunca lo ha sido. Esa idea es una ficción que empieza a resquebrajarse.

Durante años hemos repetido que leer es un hábito. Una práctica que se entrena, como hacer ejercicio o levantarse temprano. Una cuestión de disciplina individual.
Pero esa idea —tan cómoda— se vuelve frágil cuando se la enfrenta con la realidad.

Porque leer no es solo un hábito. Es, cada vez más, un privilegio. No porque los libros sean inaccesibles en abstracto, sino porque todo lo que hace posible la lectura —el tiempo, la concentración, el entorno, la formación— está desigualmente distribuido. Por ejemplo, hablar de “falta de hábito” en un país donde la mayoría del territorio no tiene librerías no es diagnóstico: es evasión.

La pregunta, entonces, cambia de tono. Pasa del por qué la gente no lee más al cómo esperamos que la gente lea.

Pero incluso esa pregunta se queda corta porque parte de otra confusión: la idea de que el lector es exclusivamente alguien que lee libros. Nunca se ha leído tanto como ahora. Nunca hemos estado tan expuestos a palabras. Leemos hilos, captions, subtítulos, chats, comentarios, memes. Leemos todo el tiempo. Algunos dicen que la lectura desapareció, pero sería más exacto decir que se desbordó.

El escenario es diferente. El problema no es la ausencia de lectura, sino en cómo se ha transformado la forma en qué leemos. La profundidad, por decirlo de otra manera.

Leer un libro implica algo que el ecosistema digital penaliza: permanencia. Implica quedarse cuando todo alrededor está diseñado para que uno se vaya. Y eso —quedarse— se ha vuelto una forma de resistencia.

Por eso el efecto scroll de TikTok genera tanta ansiedad cultural. Porque parece confirmar lo peor: la fragmentación, la velocidad, la superficialidad.

Pero TikTok ha logrado algo que la crítica literaria tradicional llevaba años sin conseguir: hacer que millones de personas lleguen a los libros. No por autoridad, sino por contagio. No por canon, sino por emoción. #Booktok se convirtió en un punto de encuentro entre las personas, las emociones y las historias.

Pero ese logro tiene una condición: los libros que circulan son los que pueden sobrevivir al formato, los que se pueden contar en segundos, los que producen reacción inmediata y los que se convierten en contenido.

A propósito de esto, se generó un movimiento crítico hacia el fenómeno #Booktok, en el que se le endosaba la destrucción de la lectura. Hay cientos de contenidos que afirman que “TikTok está arruinando la literatura”, por ejemplo. Y no es que está plataforma esté destruyendo la lectura, sino que se convirtió en una especie de curador que dictamina qué tipo de lectura merece existir.

Y en ese filtro, la narrativa más lenta, ambigua y exigente queda en desventaja. No porque sea peor, sino porque no es fácilmente traducible a un video de treinta segundos.

Ahí aparece una tensión que incomoda: el problema no es que leamos menos, sino que estamos aprendiendo a leer de otra manera. Una manera más rápida, más funcional, más emocionalmente inmediata. Leer, cada vez más, se parece a consumir, y esa lógica se hace aún más evidente en otro fenómeno: la ansiedad por el sentido.

Hoy no basta con leer. Hay que extraer algo. Aprender algo. Mejorar en algo. La lectura se convirtió en una herramienta de optimización personal. No solo en los libros de autoayuda —que copan las listas de los más vendidos en América Latina en una proporción cada vez más abultada respecto a la narrativa de ficción—, sino en la forma en que leemos todo. Buscamos ideas aplicables, frases subrayables, aprendizajes transferibles. Leemos como quien extrae valor y eso empobrece la experiencia.

Porque hay textos que no están hechos para enseñarnos nada. Textos que no ordenan, no explican, no mejoran. Textos que confrontan, que desarman, que dejan preguntas abiertas.

Y en una cultura obsesionada con la utilidad —y un mercado que no para de producir contenidos para atenderla—, ese tipo de lectura pierde espacio. Se vuelve incómoda. Prescindible. Incluso sospechosa. Por eso triunfan los libros que prometen claridad y por eso tantos lectores se alejan de los que no la ofrecen.

Al final, la pregunta inicial —quién está leyendo— tiene una respuesta menos simple de lo que quisiéramos. Sí hay lectores, pero no son los que imaginamos.

Hay quienes sostienen la lectura como una práctica profunda, casi siempre desde condiciones favorables: tiempo, acceso, formación. Hay quienes leen todo el tiempo sin reconocerse como lectores. Una enorme mayoría no lee libros, no por desinterés, sino porque el entorno no lo facilita. Muchos de los que creen que leen, en realidad no lo hacen en el sentido más exigente de la palabra.

Podemos decir que leer es decodificar un texto, reconocer una realidad, interpretar al otro o detenerse en una idea —cosa que se ha vuelto cada vez más difícil—. Vivimos en un ecosistema diseñado para interrumpirnos. Para fragmentarnos. Para ofrecernos siempre algo más atractivo a un clic de distancia. Un ecosistema que atenta permanentemente contra la atención. Allí, leer un libro no es un hábito: es un acto de resistencia. No porque sea moralmente superior, sino porque va en contra de la lógica dominante.

Y aquí surge la cuestión más importante: ¿qué tipo de lectura estamos dispuestos a defender?

Si queremos una que entretenga, que circule bien, que se adapte al algoritmo, probablemente el sistema actual funciona. Pero si creemos que la lectura puede ser algo más —una forma de pensamiento, de complejidad, de contacto con lo que no tiene respuesta fácil—, entonces el dilema es más profundo. Porque no se resuelve con campañas de promoción ni con listas de libros recomendados. Se resuelve defendiendo algo que hoy parece casi anacrónico y es la capacidad de quedarse, lo que implica aceptar una incomodidad final: que leer, hoy, no es solo difícil, sino es, en el fondo, una forma de ir en contra del mundo.

 

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