El archivo de las que ya no están

chatgpt image 25 de mar. de 2026 10 07 01

Todas las mañanas, antes de levantarme, abro Facebook. No para ver noticias ni mensajes nuevos, sino para buscar el pasado. Entro a la sección de “recuerdos” y dejo que el algoritmo me muestre quiénes éramos hace cinco o diez años. Allí aparece casi siempre mi prima Sara Gabriela. Un comentario, un emoji, un “me gusta”. Aparece porque Facebook todavía no sabe que ella murió el 11 de diciembre del 2019.

Cedemos privacidad, datos y presencia al pasar tanto tiempo en la virtualidad. Eso es cierto. Pero también lo es que las redes sociales son el archivo de nuestras historias personales. Allí reaparecen los comentarios de mi tía en algún tema en el que no coincidíamos, o un video que me recuerda un paseo familiar donde mi prima y yo conectamos. La cotidianidad de esos momentos que no volverán es ahora el tesoro con el que celebramos la vida que tuvieron.

El sábado 14 de diciembre del 2019 llegué a la casa de unos familiares pensando que sería una visita cualquiera. Lo hice lleno de alegría por compartirles que había estado ayudando en un voluntariado, pero esa emoción se quedó en la puerta. Al abrirme, me pidieron que me sentara en el comedor. Tenía a dos personas frente a mí. La primera, me contó que desde el miércoles 11 Sara Gabriela y Sara Eugenia, mi prima y mi tía, estaban desaparecidas, que su camioneta había sido encontrada por la Guardia venezolana en el estado Barinas y que daban por hecho que los dos cuerpos calcinados hallados dentro muy seguramente pertenecían a ellas. La segunda persona me confirmaba con la tristeza en su mirada que lo que acababa de escuchar era cierto. Me parecía irreal, esperaba que al final hubiera una aclaración, algo que faltara en la historia.

Tengo muchos recuerdos de lo que vivimos como familia durante esos días, pero supongo que hay detalles de esa historia de los que no soy dueño y que, por ello, me corresponde guardar para la intimidad. Contaré solo lo que creo es mío.

El espasmo  de estar viviendo una tragedia así no me permitían decirle a mi mamá. Estábamos a kilómetros de distancia. Le pedí a una de sus amigas que estuviera con ella, que la acompañara en caso de que alguien fuera imprudente y le contara antes de que yo pudiera hacerlo.

La imprudencia llamó primero y mi mamá se enteró de la noticia incluso antes de que su amiga llegara para estar con ella. Si bien me dolió que me arrebataran ese derecho, sentí algo de alivio. No es fácil ponerle el rótulo de homicidio a un dolor que no eres capaz de nombrar y tener que contárselo a alguien. Todas las palabras del mundo me parecían insuficientes para explicar lo ocurrido. Visto en retrospectiva, creo que ninguna le hace justicia.

Con el paso de los meses aparecieron las versiones oficiales. La investigación de las autoridades venezolanas señaló que el asesinato habría sido planeado por personas vinculadas a una finca de la que mi tía era propietaria en Barinas. El móvil era evitar una denuncia por la venta irregular de ganado que ella había descubierto días antes. La hipótesis de los investigadores llevó a la detención de varios implicados y a la identificación de otros sospechosos en el caso.

Esto coincidió con el inicio del confinamiento por COVID. Durante esas noches soñé con mi prima llorando. Solo con ella. Dormir se volvió una tortura.

Cuando me atreví a contarle a alguien de mi familia lo que me pasaba, en la conversación me enteré de que la autopsia había revelado que ambas tenían heridas de arma blanca y que mi tía fue asesinada primero. Yo había estado soñando con la angustia de mi prima al ver cómo mataron a su mamá, por eso la veía llorando. Pero a partir de ahí mi conciencia sólo fue capaz de pensar en mi tía muriendo con la desolación de no saber que le harían a su hija.

Han pasado los años y hemos podido volver a ese momento. Reconstruimos una cronología familiar, hicimos preguntas que necesitaban decirse en voz alta y escuchado, sorprendidos, respuestas que revelaron fragmentos de una historia que desconocíamos hasta hace muy poco.

Tiempo después leí El invencible verano de Liliana, de Cristina Rivera Garza. En ese libro, la autora reconstruye la vida de su hermana asesinada a partir de un archivo: cuadernos, cartas, fotografías y recuerdos familiares. No escribe únicamente sobre el crimen. Escribe sobre la vida que existía antes de él y sobre la memoria que queda después.

Para Rivera Garza, la memoria se trabaja desde el archivo como un ente vivo. Parte también de reconocer que, en sociedades tan desiguales, no todos tenemos derecho a la misma memoria: hay nombres que se olvidan e historias que nunca logran visibilidad. Algunas quedan excluidas de la memoria colectiva y, por lo tanto, nunca entran en las conversaciones cotidianas.

La escritora entendió eso y volvió, décadas después, al archivo de su hermana: a los registros en la Procuraduría General del Estado de México y al archivo familiar. El resultado fue una obra ganadora del Pulitzer, pero también la visibilidad de un caso con más de treinta años de impunidad, el foco sobre un homicida prófugo que se presume murió en la clandestinidad en 2020 y, sobre todo, una conversación en el seno de la familia Rivera Garza sobre algo fundamental: la vida y la memoria de quien fue Liliana.

La autora habla del concepto de “el archivo de los afectos, se refiere a la colección personal de documentos (cartas, diarios, notas) de su hermana Liliana, víctima de feminicidio, utilizada para reconstruir su vida más allá de la narrativa oficial del crimen. Este archivo personal, que abarca lo cotidiano e íntimo, permitió a la autora un “encuentro material” con su hermana a través de la escritura y la memoria.Para mí, ese archivo no está en una biblioteca ni en una fiscalía, sino en Facebook: en las fotos de cumpleaños, en las respuestas de mi tía a mis comentarios polémicos o en las recetas de postres que mi prima me enviaba por chat, entre muchos otros recuerdos.

En los casos de feminicidio, esos archivos nos presentan a las víctimas más allá de las versiones reduccionistas con las que algunos prefieren ignorar la violencia, etiquetándola como “crímenes pasionales”. Visitar dichos registros desde el lado de los afectos permite que nos acerquemos a quiénes fueron esas mujeres, a sus historias y sus vidas.

Como suele ocurrir en muchos de estos crímenes, la aplicación de la justicia no es completa, no lo fue  con los Rivera Garza, ni lo fue con mi familia, caso en el que algunos de los responsables nunca fueron identificados. Y hay otros en donde la justicia ni siquiera llega. En América Latina la mayoría de los feminicidios siguen impunes.

Conocí a Cristina Rivera Garza en 2025. Como muchos, me conmoví hasta las lágrimas escuchándola. Esperé al final y me formé en la fila para la firma de libros. Con mi ejemplar visiblemente intervenido, doblado y arrugado, hice algo que nunca había hecho: le pedí que no lo firmara para mí, sino para la memoria de Sara Gabriela y Sara Eugenia.

Liliana Rivera Garza no sólo fue víctima, también fue hermana, hija, amiga, estudiante de arquitectura, una mujer que sus cartas confirman cómo dulce y dispuesta a ver la mejor versión de los otros. Sara Eugenia no sólo fue víctima; también fue hermana; hija; amiga; tía y madre; alguien con un alma sensible; una mujer que heredo, cómo sus otros hermanos y hermanas, la disposición a servir a los demás por encima de ella misma. Y Sara Gabriela, Sarita, no sólo fue víctima, también fue hija, hermana, prima, amiga y pastelera.

Cristina construyó el archivo de los afectos de su hermana con cartas, esquelas, dibujos y letras de canciones, elementos propios de la primera parte de la década de los 90. El archivo de los afectos de Sara Gabriela es un perfil de Facebook en el que cada tanto alguien publica algo, por ejemplo, en 2022 María Paula Navarro compartió una imagen sobre el nombramiento a Leonor Espinosa cómo la mejor chef de Colombia ese año y le escribió a mi prima estas palabras: “La veo a ella y te veo a ti, veo tus sueños arrebatados. Lamento mucho que tu nombre nunca va a estar allí”. Entro a Facebook para traer al presente a Sara Gabriela, para encontrar sus videos decorando una torta para toda la familia me confirma la vocación que tenía y lo mucho que hubiera sido feliz empezando sus estudios si no la hubieran matado, encuentro en el chat de Facebook nuestras últimas conversaciones, la receta de un postre de arequipe, y su “Feliz cumpleaños, primo” en 2019, sí no la hubieran matado ese 11 de diciembre, 15 días después yo hubiera escrito “Feliz cumpleaños, prima”.

En El invencible verano de Liliana, Cristina Rivera Garza no solo reconstruye el asesinato de su hermana, sino que la rescata del destino de convertirse en una cifra, devolviéndole su espesor de joven brillante, irónica, libre, deseante y llena de futuro; por eso el libro conmueve tanto: porque desplaza el foco del morbo del crimen hacia la vida que fue arrebatada y convierte la memoria en una forma de justicia. La realidad que expone es devastadora y profundamente vigente: la de una violencia machista que durante años fue trivializada por el lenguaje social y judicial como “crimen pasional”, ocultando la responsabilidad del agresor y dejando a las víctimas atrapadas en el silencio, la culpa y la impunidad. Rivera Garza escribe, además, desde una conciencia feminista que permite releer el pasado con palabras que antes no existían o no circulaban con fuerza, y ahí radica parte de la potencia política del libro: al nombrar la violencia con precisión, la vuelve visible y, por tanto, discutible, combatible.

Libros como este abren un presente distinto porque obligan a mirar de frente aquello que una sociedad prefirió normalizar, y permiten imaginar un futuro distinto porque enseñan que recordar no es solo llorar a los muertos, sino transformar el lenguaje, la sensibilidad y las estructuras con las que protegemos a los vivos. Después de muchos años me atrevo a escribir esto con el convencimiento de que hacerlo me ayudará a recordar, a sanar y a reivindicar justicia con las palabras. Leer historias como la de Liliana nos permite imaginar otro presente y, con suerte, otro futuro, cuando la literatura se atreve a abordar la violencia de género y a recordarnos —a muchos, y tristemente también a muchas— que a las mujeres sí las matan por ser mujeres.

Entonces, además de leer, también escribo y comparto la historia de Sara Gabriela y Sara Eugenia. Porque si lo escribo, no lo olvido.

Cada que entro a ese perfil, navego en los “recuerdos” o digitalizo las fotos de Sara Gabriela y Sara Eugenia, hago algo político: una pequeña revolución cotidiana. Las extraño y, al hacerlo, ellas vuelven a la conversación.

Hoy entré a Facebook. El algoritmo me mostró fotos de cumpleaños, comentarios viejos, recetas de postres. Allí sigue Sara Gabriela. Facebook lo llama “recuerdos”.Yo lo llamo archivo.

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